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El Megalitismo en la Serranía de Ronda y Alcalá del Valle |
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El megalitismo -las sepulturas
dolménicas o dólmenes- conocidos popularmente como «piedras
cabelleras» o sepulturas de gigantes han sido y continúan
siendo uno de los restos prehistóricos más atrayentes, por
su monumentalidad, es decir, su visibilidad y su misterio. Por ello, desde
la propia Prehistoria y la antigüedad clásica fueron un foco
de atención curiosa y mágico-religiosa, siendo frecuente
su expolio y su reutilización como lugar de sepultura ocasional
o escondrijo de depósitos metálicos, por parte de todo tipo
de comunidades, durante los últimos dos milenios antes de nuestra
Era, o por íberos y romanos. Estas sepulturas monumentales
fueron uno de los primeros objetos de interés para los inicios de
los estudios sobre el pasado de las distintas zonas donde se encontraban,
considerándose ya desde el siglo XVII, por parte de los anticuarios
-primeros estudiosos del pasado y coleccionistas de objetos antiguos-,
como restos de las antiguas culturas que habían ocupado las zonas
donde se encontraban. En la Europa atlántica, Bretaña, se
consideraban sepulturas de druidas o hechiceros, o ya en el siglo XIX,
con la aparición de la primera arqueología profesional, como
sepulturas colectivas de épocas muy remotas o pueblos prerromanos,
los celtas, aunque su poder de atracción mágica y de leyenda,
está presente en las narraciones, poesías y estética
romántica. Durante la primera mitad del siglo XX, el megalitismo
se consideró como la manifestación más evidente de
una religión, de origen mediterráneo oriental, desde donde,
a través de misioneros, difundieron la religión de
la diosa madre por todo el Mediterráneo y Europa atlántica,
desde el Cabo de San Vicente en Portugal, hasta la Península escandinava
e islas noratlánticas. Desde los focos costeros atlánticos
se difunden hacia el interior de la Europa Occidental. Ello significaba
considerar al megalitismo oriental más antiguo que el occidental,
ya que este procedía de aquel. Sin embargo, el descubrimiento y
uso de los métodos de datación absoluta, carbono 14, a partir
de los años 60 de nuestro siglo, demostró que las fechas
más antiguas corresponden a los sepulcros megalíticos occidentales,
que se encuentran en la fachada atlántica europea, por lo que no
podían derivar de los megalitos mediterráneos orientales,
más modernos. Así las cosas, en la actualidad se considera,
de forma general, que los megalitos son las manifestaciones funerarias
colectivas de las primeras comunidades auténticamente campesinas,
con economía mixta entre agricultura y ganadería.
El fenómeno megalítico es entendido como la costumbre funeraria común a todas las comunidades campesinas en transición de sociedades igualitarias de cazadores-recolectores, organizados en bandas, a los primeros campesinos, agricultores y ganaderos -sedentarios o seminómadas- que se organizan en grupos sociales, linajes o familias extensas, divididos horizontalmente, aunque al final del período megalítico pueden ya verse en donde las diferencias sociales son de tipo vertical, aunque todavía de carácter colectivo. Los megalitos son panteones de enterramiento colectivo, donde se entierran los miembros de un grupo social, más o menos extenso, hay sepulcros en los que sólo se encuentran pocos individuos a otros donde se han contado más de un centenar de inhumados, de ambos sexos y de todas las edades. Las sepulturas dolménicas serán la confirmación de los lazos colectivos sociales o familiares frente a otros grupos de la misma comunidad o de otras comunidades. Al interior de la tumba las diferencias sociales no son apreciables, aunque sí entre sepulturas, con ajuares más o menos valiosos, en forma de útiles de materias primas más o menos exóticas o con la movilización de una mayor cantidad de mano de obra para la construcción de las propias sepulturas. Los escasos enterramientos anteriores conocidos, de época neolítica, en cuevas o al aire libre, son de tipo individual, mostrando que son las relaciones individuales, dentro de la banda, las que dominan las relaciones sociales. Las posteriores, de la Edad del Bronce, son también de tipo individual o de familias restringidas (familia nuclear, padres e hijos), dentro o fuera de las propias viviendas, aunque ahora las diferencias en la escala social son bien visibles en los ajuares que acompañan a los enterrados y que esas diferencias sociales se manifiestan ya en forma de riqueza material, símbolo de la importancia social que se transmite de padres a hijos a través de la herencia. Los sepulcros megalíticos, conformando necrópolis, que pueden reunir de pocos dólmenes a cientos de ellos, o sepulturas aisladas, constituyen la manifestación más genuina y conocida de una serie de comunidades de tipo campesino, aunque de culturas muy diferentes que, desde el V milenio a los primeros siglos del segundo milenio antes de Cristo, se distribuyen por todo el Mediterráneo tanto sur como norte y sus islas, la Europa atlántica, incluyendo sus islas. En la Península Ibérica la distribución está muy generalizada, exceptuando la zona levantina comprendida entre el Sistema Ibérico, el río Vinalopó (Alicante) y las estribaciones sur de los Pirineos y la meseta oriental española, aunque las mayores concentraciones tienden a situarse en zonas montañosas y, en especial, en los valles y llanuras o altiplanos intramontanos. En Andalucía el megalitismo está ampliamente difundido en toda su geografía, con menor incidencia conocida al norte del río Guadalquivir, divididos desde antiguo para su estudio entre Andalucía oriental, con el foco ligado a la «Cultura de los Millares», que se extiende por Murcia, Almería y Granada o Andalucía occidental, con el foco de Huelva y Sevilla. Andalucía central: Cádiz, Málaga y Córdoba, quedaba como una tierra de nadie, sin apenas datos, a pesar de sepulturas tan espectaculares como las de Antequera (Menga, Romeral y Vieira), más fruto de los intereses de la investigación, que de la realidad de la extensión e incidencia del fenómeno megalítico. Poco a poco ese vacío de investigación se ha ido llenando de hallazgos y de publicaciones que hacen que hoy la riqueza dolménica de Andalucía central sea comparable al resto de la geografía andaluza , aunque con menores concentraciones de sepulturas. El megalitismo ha sido uno de los polos de atracción de la Prehistoria Reciente de la Serranía de Ronda, ya desde mediados de este siglo, con trabajos de excavación de algunas tumbas realizadas por estudiosos aislados como S. Giménez Reina (1946) o A. Pérez Aguilar (1964) o las más recientes llevadas a cabo por la Universidad de Málaga (El Gastor), el Museo de Cádiz (Alcalá del Valle) o los arqueólogos F. Martínez y C. Pereda, también en el término municipal de Alcalá, aunque todas ellas inéditas o insuficientemente publicadas. Al mismo tiempo, las prospecciones realizadas por nuestro equipo (1985-1990) en la Depresión de Ronda han completado un conjunto de más treinta sepulturas localizadas, agrupadas en necrópolis o aisladas. La distribución de ambas abarca la Depresión propiamente dicha y las sierras que configuran sus bordes, con una mayor presencia en las zonas más escarpadas de los bordes, casi siempre sobre calizas, zonas hoy conservadas como monte y dedicadas a explotaciones ganaderas y forestales. En las zonas más fértiles de los valles fluviales más abiertos o en las zonas de campiña, la presencia de sepulturas es muy escasa. Esta desigual distribución llama la atención, pero creemos que tiene más relación con las prácticas agrícolas recientes para roturar nuevas tierras de cultivo que con la real distribución prehistórica. Las características formales de las sepulturas muestran una amplia representación de todo tipo de tumbas: cistas megalíticas, covachas y cuevas naturales, cuevas artificiales o excavadas en el terreno, galerías cubiertas con un gran túmulo y megalitos de cámara poligonal o circular de corto corredor, realizados por ortostatos (grandes piedras hincadas) o mampostería. El predominio es de las galerías cubiertas sobre los demás tipos de sepulturas, sin que se pueda establecer una secuencia temporal evolutiva entre los distintos tipos. En el término municipal de Alcalá, los sepulcros megalíticos están muy bien representados, con una considerable representación de tipos, galerías cubiertas (la desaparecida del Castillón), megalitos poligonales (Carnerín o Castillón), cámara circular de mampostería (Castillón) o tumbas mixtas semiexcavadas y con ortostatos (Casería de Tomillo), entre otros. En ellos se han documentado ajuares con útiles de piedra pulimentada, sílex, concha, hueso, cerámica, lisa y decorada e, incluso, útiles y adornos de metal, lo que permite considerar una amplitud temporal que va desde el Neolítico avanzado (IV milenio antes de Cristo) a la Edad del Bronce (II milenio antes de Cristo). Las ubicaciones de las tumbas con respecto a los poblados supone también un dato interesante para la valoración del papel que estas tumbas podían tener con respecto a la forma de apropiación del medio, del concepto de paisaje o de la representación en la muerte de las relaciones sociales por parte de estas comunidades. Algunas tumbas no aparecen ubicadas en lugares destacados en el medio, lugares de paso o en relación con algún accidente destacado en el paisaje, sino que, por el contrario, su situación resulta poco visible, incluso escondida, como el caso de la que pudimos excavar en las Cuevas del Marqués (Ronda), ubicada en el lateral de una angosta garganta fluvial, tributaria del arroyo de Setenil. Desde el propio hábitat la tumba, aunque muy cercana, no resulta visible. La tumba se había construido aprovechando un pequeño abrigo rocoso formado por la erosión, siendo este preparado de forma que se construyó una auténtica tumba de corredor, con la cámara y el corto corredor enlosado de lajas de piedra. Los restos humanos recogidos corresponden a 34 individuos, en base al número de cráneos identificados, entre los que estaban presentes individuos adultos, infantiles y juveniles de ambos sexos. La búsqueda de un lugar escondido, pretendiendo que su existencia no sea evidente, es un comportamiento más cercano a la costumbre de enterrar en la propia cueva, donde también se habita, como no queriendo hacer visible el hecho de la muerte, amenaza simbólica para la propia vida de la comunidad. A partir del tercer milenio antes de Cristo, parece asistirse al proceso de concentración de la población en núcleos más grandes, localizados en lugares más prominentes, en torno al que se ubica una necrópolis magalítica, tal es el caso del asentamiento y la necrópolis de Ronda ciudad. Cuando los sepulcros aparecen aislados también eligen situaciones destacadas en el paisaje y con un carácter visible, buscando la exhibición de la muerte, como forma de reivindicar simbólicamente la exclusividad de uso de un territorio y sus recursos por parte de los descendientes de los inhumados en estos sepulcros. En ocasiones la monumentalidad de algunos sepulcros alcanza cotas bastante elevadas, como el recientemente excavado por la Universidad de Cádiz del Dolmen de Alberite (Villamartín), con 20 m. de longitud y muchos de sus ortostatos decorados con grabados esquemáticos o el de «El Toconal I» (Olvera), una galería cubierta, con un grabado representando una figura humana esquemática con un arma en la cintura. Por último, quisiéramos resaltar el valor patrimonial de las sepulturas megalíticas y la necesidad de proceder a su conservación tanto si han sido excavadas como si no. En las excavadas la falta de consolidación y mantenimiento suele determinar su arruinamiento y desaparición y, con ella, la perdida de un recurso cultural y turístico para nuestros pueblos, cuyos ayuntamientos deben estar implicados en su conservación y difusión. Las no excavadas constituyen la reserva de investigación futura para mejor conocimiento de nuestros antepasados, sus relaciones sociales y la forma de relacionarse con su medio, aplicando futuras técnicas de excavación y mejores métodos analíticos para el estudio de restos antropológicos, del ajuar o de los elementos constructivos. |
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Última actualización de esta página, 21 de enero de 2000