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Texto: Daniel Pineda Novo (Sevilla Flamenca) Publicado en la Revista Cultural "El Castillón" en verano de 1999 (c) Asociación Cultural "El Castillón" (c) www.alcaladelvalle.com |
Entre la extensa nómina de artistas flamencos, poco conocidos, bien
por no dejar una obra discográfica, bien por desidia o desconocimiento
de críticos y flamencólogos, tenemos a Blas Izquierdo Valle,
artísticamente conocido por El Niño del Valle o El Lápiz
-apodo de origen materno-, nacido en la población gaditana de Alcalá
del Valle, en 1912, siendo bautizado en la parroquia de Nuestra Señora
del Valle. Blas Izquierdo, en la línea cantaora de Manuel Vallejo,
Pepe Marchena o El Sevillano con matices de El Gloria y de El Carbonerillo
de Jerez-, comenzó, en el difícil mundo del Flamenco, en
la época de la mal estudiada Ópera Flamenca y de aquellos
niños que formaron legión en el Cante. Se inició en
su pueblo natal, en reuniones íntimas, y a los 14 años lo
hizo en público, por primera vez, en la histórica ciudad
de Ronda, en un Café Cantante.
En Ronda, por estos años, existían tres Cafés: El Fornos, La Primera de Ronda y El Pollo. Debió de ser en este último, muy frecuentado por la cantaora y guitarrista Aniya La Gitana (1855-1933), cuyo dueño, Don Vicente Bravo, era propietario de una sastrería, según nos cuenta El Lápiz. Aquí vino a escucharlo Aniya, ya en su madurez gloriosa: «Le traía caramelos y me decía: «Estos caramelos pa mi niño»». Había ganado un Concurso en Madrid; era muy simpática; se pintaba mucho y vivía en los Ocho Caños. Tocaba la guitarra a su aire, a su manera. En cierta ocasión en que yo canté en una casa de tratos para Don José Ruíz y otros amigos, los cantes de El Carbonerillo, empezó Aniya a hablar y Don José, que era muy aficionado y le gustaba escuchar, llevaba siempre un bastón con empuñadura de plata; le dio con el bastón a la guitarra y se la partió. Aniya empezó a llorar y Don José le dio 12 pesetas para que se comprara otra ¡Buen hombre éste Don José!».
Seguidamente, se trasladó El Lápiz a la Línea de la Concepción, donde «canté en El Gallo, así como en su famosa Feria, en la Caseta oficial, hacia 1926. Acompañándome a la guitarra Puya de Ronda, buen guitarrista, cuyo nombre era el de Francisco y había nacido en Málaga. Después, me tocó Perico, un gitano de Setenil de las Bodegas (Cádiz), que murió en Lucena (Córdoba).
«Con 15 años ya había conocido en mi pueblo, Alcalá, a Pepe Marchena (1903-1976), en una cacería y le canté por tarantas, con un guitarrista de Córdoba, en la Posá de Basilio:
Por
aquella vereita
que
al molino va a pará,
sube
mi molinerita,
cuando
le viene a rezar
a
la Virgen de la ermita.
«Mientras le cantaba a Marchena en la Posá de Basilio, llegó mi madre, con un hermano mío, en brazos; venía descalzo y sin gorra. Aquel día llovía muy intensamente. El público esperaba por ello, que la función en el Teatro se pusiera la entrada más barata, pero se suspendió. Cuando Pepe vio a mi madre, se compadeció. Le pidió cinco duros al guitarrista y se los dio para que le comprase un calzao a mi hermano. Y quiso que me enrolara con él, pero como yo era muy joven mi madre no quiso. ¡Qué corazón tenía Pepe Marchena!
«Trabajé de joven en La Escribana, una finca. Yo tenía 20 años. Iba de aguador, con un mulo y una pipa de agua. Allí cantó una noche Pastora Pavón, con Niño Ricardo, Pepe Pinto y El Carbonerillo... Pastora ha sido la mejor figura del Cante, como gitana. Hablaba poco, pero tenía jondura...
«La Guerra me cogió en la zona roja, en Málaga, cantando en el cine de verano El Olimpia. Me movilizaron y me mandaron al frente de Estepona. Me escapé y salí por San Pedro de Alcántara. Llegué a Coín, donde cogí un tren La Suburbana, que andaba con leña e iba de Coín a Málaga. Llegué a Málaga, donde tenía una novia. La ciudad estaba en pleno tiroteo, y me dijo mi novia: «Quítate la ropa de soldado que ya están aquí los nacionales». Me incorporé, entonces, con un guarda de asalto. Paramos un autocar y llegamos a la Herradura, donde seguían los bombardeos. Me fui a Almería y me hospedé en un Hotel, donde me encontré con Pepe Marchena. Nos dimos un fuerte abrazo, debajo de una escalera, mientras caía otro fuerte bombardeo.
«En 1939, pasé de la zona roja a Francia y estuve en la Legión Francesa, en el campo de Concentración Argelé Sur-Maire; de aquí pasé a Macaré. Con la Legión hice guardia en París y estuve, además, en Marsella. Y en 1943 regresé a España.
«En la Legión Extranjera hice un bautizo, recién llegado,
de mi compadre Doroteo García, de Pamplona, y no teníamos
ni «pa» comé. Allí me enrrollé con una
maestra de escuela, Asunción Morillo Valle, en Perpiñán,
que me ayudó.
«También
en Francia, bajo los alemanes, racionados ya con cartillas, trabajaba yo
en Ribasante, haciendo carbón en la montaña y suministrando
la comida a los trabajadores, en Perpiñán.
«De regreso a España, me enrolé con la trupe de Manuel Vallejo, amigo mio, desde muy joven. Iba con él Rafaelito El Lápiz -Rafael Fernández García-, guitarrista y bailaor. Y Pepe Santiago, guitarrista, de Algeciras, que murió tuberculoso, con treinta años.
«Con Vallejo actué en diversos teatros de Málaga y provincia. Vallejo cantaba bonito, haciendo concesiones al público. Sus cantes con falsete. Cantes de Levante, los de ida y vuelta, las granaínas y genial por fandangos. Yo cantaba una murciana por El Cojo de Málaga, que bordaba. Y de mi especialidad tenía también los fandangos, las granaínas de Chacón, las saetas por siguiriya y las tarantas:
Mineros
que trabajáis
de
noche y día en la mina,
sin
saber si vais a salir
de
ella muerto o sin vía.
Aperaó
de La Nava,
échese
usté al baceaero,
y
dígale a Benancio Coral
que
con él batirme quiero.
«Desde Málaga, donde estuve con Vallejo tres semanas, hospedándonos en el Hotel Granada, recorríamos los pueblos y por la noche volvíamos a dormir al Hotel. Incluimos en el espectáculo a Antonio El de la Calzá. El que mejor cantaba los fandangos. Su vida la hizo en Málaga.
«Y de Málaga al Teatro de Antequera; de allí, a Loja y después, a Granada, con éxitos. De aquí a Madrid, a ese Teatro por el que han pasao tós los grandes artistas, el Teatro Pavón, donde Vallejo ganó la Llave del Cante... Después estuve en El Apolo, de Barcelona, donde conocí a Angelillo, con el que también tuve amistad. Además actué con El Pena, Hijo y con El Niño de Vélez, que cantaba muy bien por saetas y malagueñas.
«Con Vallejo hicimos cincuenta funciones. Empezamos en Málaga y terminamos en la Plaza de Toros, de Bornos (Cádiz), hacia 1943-45.
También hacia 1944-45, actué con Juanito Valderrama, en La Línea, tocándonos el genial Ramón Montoya. Nos hospedamos en el Hotel Iberia.
«He tenido la suerte de cantar con Pastora, con Pepe Pinto, Marchena,
Juanito Varea, El Niño León, El Niño de La Ribera,
El Niño La Huerta, El Niño de Barbate... De éste recuerdo
una noche de gran actuación en Huelva.
«También
recuerdo en Cádiz, en otra actuación, que yo llevaba un traje
de seda cruda, que me había regalado un médico de La Línea,
gran aficionado, y la gente me gritaba: «Que salga el marinero
«En Sevilla, paraba con Vallejo en La Europa y El Tropical. Vallejo era muy supersticioso; fumaba mucho; utilizaba mistos, no quería mecheros.
«Estaba un día con El Chiquetete (El Gaditano, padre de La Pantoja), que estaba ya enfermo, vendiendo lotería y tabaco en La Europa, que no estaban legalizados. Pasó un policía y le dijo a Chiquetete, muy calladamente: «No te pongas mucho a la vista». Y me comentó el propio Chiquetete: «Te has dao cuenta, Valle, lo mala que es la vejez que tenemos los artistas».
«Conocí también a Mazaco, con una gran voz. Iba con
El Pena, Hijo y Vallejo. Era buen cantaor. Lo escuché en un pueblo
de Sevilla, a donde nos llevaron a una finca de pájaros de jaula
(para cazar perdices con reclamos).
«En
los años difíciles de posguerra, me fui a Carmona. Venía
de Marchena sin un duro. Me acosté en un rastrojo de cebá...
Por la noche, me acerqué a un bar, en el que había un grupo
de aficionados, en el que estaba Antonio Mairena. La Niña de Brenes
y un Capitán de la Guardia Civil que era de mi pueblo. Le dije al
dueño del bar que yo era cantaor. Me presentó a Mairena,
que me dijo: «Tómate aquí una copa». Le canté
por soleá y unos fandangos de El Niño de La Calzá
que yo metía por soleá y siguiriya. Les gustó mucho
a Mairena, que después cantó, maravillosamente, por siguiriyas
y por fiesta. Después, el Capitán, Mairena y el del bar me
ayudaron...
«Casi por estos años, llegué a Peñarroya y Pueblo Nuevo, de Córdoba. Allí me encontré al empresario y caricato Saldigueras. Nos abrazamos. Yo iba con una buena compañía para Madrid, pero me fui con él a un barrio chino del pueblo y allí me quedé con la encargá de la pensión. Pasé tó el invierno con un traje de verano.
«Ya después de 1946, me fui con el propio Saldigueras a trabajar a un cine de verano, en Córdoba. Y de allí pasé a la provincia de Málaga. En la pensión me puse malísimo, al tomar dos huevos fritos con un vaso de leche, pues yo padecía del hígado.
«Canté, asimismo, en el Teatro de La Puebla de Cazalla, cuyo dueño era Gabriel El de la Carita, que tenía una fábrica de harinas. Al llegar al Teatro acompañado de la novia que tenía entonces, La Nena Manué, el público empezó a aplaudirme, porque yo ya tenía mi cartel en La Puebla. El Carbonero, que lucía un pañuelo blanco de seda al cuello, estaba un poco bebido, se calló. De nuevo, el público siguió gritándome: «Que cante el aguaó de la Escribana». Y saltó El Carbonero de Jerez: «Que venga el aguaó». Subí al escenario, me dio una copa de vino La Gitana y me presentó a Pepe Pinto... El Niño Ricardo cogió la guitarra y canté por tarantas, para afinarme la voz. Hubo un gran silencio en el público. Después, canté una letra por fandangos, dedicada a una perra de cacería que yo tuve:
Con
mi perra alunará
yo
me voy de cacería;
ella
se echa una liebre,
ella
coge la juía.
No
la tires cazaó,
que
va buscando su cría.
«La gente comenzó a tirarme algunas monedas de plata al escenario,
y me dijo El Carbonero:
«Ya ganaste más que escardando». Esto fue en 1929-30.
«Fui muy amigo de El Carbonerillo, con el que también canté en el Teatro Enrique de la Cuadra, de Utrera, en un espectáculo en el que iban además Pastora Pavón, El Pinto y El Niño Ricardo. Yo iba en el cartel con el nombre de El Niño del Valle. También venía El Toreri, cordobés, que cantaba muy bien por fandangos y hacía El Picaor...
«El Carbonerillo, que se llamaba Manuel Vega (1906-1937), que era mu bonito y tenía el pelo mu rizao, me dijo después de la función: «-Valle, ¿quieres venir conmigo?-Eran ya las tres de la madrugada. Vamos a ver a un amigo barbero. Fui con él. Y después de levantar al barbero de la cama, éste con mal humor, le dijo El Carbonero: «-Vengo a verte pa que me eches el cero (pelarlo a rape), pa que estas mujeres no presuman más conmigo». El Carbonerillo era un ser muy alegre y gracioso, y buen aficionado a las buenas copas de vino.
«A El Carbonero le iban bien los Cantes de Levante y los fandangos. Tenía una media voz formidable. ¡Qué lástima que murió tan joven, tuberculoso! Este y El Sevillano han sido los dos artistas con las voces más auténticas y flamencas para la creación del Fandango. Porque el Fandango es el arte que arranca más aplausos del público, porque se basa en el sentimiento y en la realidad. Y ellos le dieron sus matices y su personalidad propia.
«Como ya he dicho, fui muy amigo y admirador de Pepe Marchena, que era muy simpático, bondadoso y muy diplomático con todo.
«Todos los artistas copiaban a Marchena en el cante y en el vestir, ya en plena Guerra. Pepe tenía muchas alhajas y las vendía para jugar al bacarrás y al filei. Marchena trajo de América una fortuna: un cinturón con todos los escudos de los estados americanos, en oro.
«Fui amigo además, del marchenero José Palanca, buen fandanguillero. También le gustaba el bacarrás: como a su paisano Marchena. Y con Pepe Aznalcóllar trabajé en Sevilla, hacia 1945-48. También actué con él en Málaga, junto a Pastora, Vallejo y Marchena.
«Fui buen amigo de El Niño La Huerta, Francisco Montoya Egea, era su nombre (1907-1964). Canté con él en el cortijo de Los Pinganillos, de los Guardiola. Nos llevaron los sabaneros (los que hacían los almiares). También canté con él en El Kursaal, de Sevilla, en los años veinte, donde estaba el cantaor El Cristo -(hoy, poco conocido)-. Después coincidimos en el espectáculo de Angelillo, hacia 1934, y con Vallejo hacia 1952. El Niño las Huertas fue un fenómeno de voz, sobre todo, en sus mibugas. Se fue a América con Angelillo y con El Feongo, bailaor de Utrera, muerto en 1948, y padre de la Pepa de Utrera.
Intervine también, para sacar de artista, aunque lo era, a Emilio El Moro, que había venido de Melilla y lo llamé para que actuase en la Feria de Entredichos, en Extremadura, con la Compañía de Los Melgarejos... Aquí fue donde se cambió de nombre, pues entonces se llamaba El Moro de Melilla. Era muy simpático, imitando bien, a su estilo, a muchos cantaores.
«Estuve de cacería, en Badajoz, con el rey de los gitanos, Celedonio, y con Valderrama y muchos gitanos, a los que canté, emocionándolos.
«Canté en un espectáculo que llevaba Antoñita
Moreno, en Cazalla de la Sierra. Aquella tarde, el gran torero El Litri
cortó dos orejas en la Plaza serrana y, con gran acontecimiento,
lo celebramos después del espectáculo.
«Me
gustan mucho las saetas y las canté con La Niña de la Alfalfa,
en Lucena (Córdoba). Fue la primera vez que canté por mi
estilo, por siguiriyas, y con letra mía:
Viniste
a salvarme a mí,
pero
pecá fue mi sino;
hoy
muerto te veo aquí,
Señor,
yo fui tu asesino,
no
tuve piedá de Ti.
«También canté saetas con la admirada Antoñita Moreno, a la que le gustaba mucho mi estilo:
Cuida
por el santo anhelo,
al
Calvario Tú te encaminas
con
el mayor desconsuelo,
la
rosa más peregrina
de
los jardines del cielo.
Por cierto, la entrañable Antoñita Moreno guarda un grato recuerdo de El Niño del Valle, del que nos dice que «fue un buen profesional».
También cantó El Niño saetas al estilo de El Gloría. Él mismo nos lo confirmó y nos dijo esta letra, en la mejor línea del jerezano:
Jesús
ya está agonizando
y
acabaíto en la crú
y
de El se están burlando,
pero
es tan bueno Jesú,
que
El mismo a ellos los esá perdonando.
Y proseguimos con sus Memorias, reflejos apasionantes de toda una época:
«También canté -continúa El Lápiz-, con
El Cojo de Málaga, que se llamaba Joaquín Vargas (1880-1940).
Fue hacia 1929-30, cuando él iba con Manuel Vallejo, que lo integró
en su trupe. Cantaba muy bien los fandangos y las tarantas.
«En
Sevilla me tocó Manolo Sanlúcar y Diego El del Gastor -¡qué
dos grandes artistas!-, cuando canté con Palanca. Me hospedaba yo
en la Pensión de Jiménez, en la céntrica Calle Amor
de Dios, junto a la Alameda... Por las noches iba a La Europa, donde estaba
el ambiente flamenco. Vi a La Macarrona, a la Malena y a muchos artistas
que paraban por allí.
«En Sevilla canté, también, con Vallejo, que llevaba de tocaor a Pepe Santiago, más conocido por Niño de Las Botellas. Era de Algeciras, y de la escuela de Niño Ricardo, así como Rafaelito El Lápiz, de Jerez, guitarrista y bailaor, al que Vallejo cantaba por bulerías y cerraban el fin de fiesta. Conocí también al buen cantaor de Jerez, El Chocolate, muy joven.
Y, al hablar de El Chocolate, recriado en La Alameda, me vino una pregunta
sobre el Cante Gitano. Con certeza, me respondió El Lápiz
que, por cierto, no es gitanista: «Los gitanos tienen su sello y
su categoría. Ya Chocolate me dijo: «No hables mal de los
payos, porque, a veces, nosotros tenemos que copiar de ellos».
Porque
El Lápiz, en su esencia cantaora, vallejista y marchenista, defiende
a sus maestros, y afirma: «Vallejo tenía un compás
y una voz divinas. Recuerdo en la Plaza de Toros, de Utrera, cuando el
guitarrista de Vallejo se puso enfermo y le tocó un cabo de artillería,
que estaba con permiso, con una guitarra que era de alambre, y la prima,
última cuerda, sonaba a metal. Vallejo, que tenía un sonido
especial, se puso muy nervioso, ya que le daba una entonación muy
alta -(las cuerdas de alambre son muy malas para cantar, me recalca El
Lápiz). Y Vallejo tuvo la mala suerte de salir y caer al suelo...
iFue algo desagradable...! Los tocaores le temían a Vallejo, porque
como él cantaba tan a compás, sabía ser exigente...
Pero quiero decir que Vallejo se descomponía al hablar de Marchena...
Era otro mundo...
La
vida de Blas Izquierdo, El Lápiz o El Niño del Valle, es
una auténtica novela. Grabó en Francia, con los gitanos de
Perpiñán, en sus tiempos de legionario... Después,
hacia 1950-51, trabajando en Barcelona, en una fabrica de cervezas, estuvo
a punto de grabar con la Casa Belter, pero no lo hizo por desidia. Se conserva,
afortunadamente, una cinta, grabada hace treinta años, y que guarda
su buen amigo Antonio Serranito, buen cantaor de Arriate (Malaga), a donde
fuimos y tuvo la deferencia de dejárnosla. …Aquella calurosa tarde,
se le calleron a Serranito dos lagrimones, al escuchar la voz, afillá,
intensa, de El Lápiz. Fue testigo Diego Díaz...
Porque,
en plena calina del mes de julio, fuimos a Arriate, cuajada de flores,
a visitar a El Lápiz, que se encuentra en el espléndido y
acogedor Asilo de San José de La Montaña... ¡Qué
hermosa residencia...! ¡Qué entrañables la superiora,
las hermanas y los residentes...! Era un día -un mediodía-
de intenso calor, del mes de julio. Todos conocen a Blas El Lápiz...
Salimos con el cantaor, que conserva su apostura. Nos acompañaban
buenos aficionados de la peña Flamenca «Tobalo», de
Ronda: Diego, Joaquín y Pepe... Y, en un ambiente de cordialidad
flamenca, le entrevistamos... El Lápiz se emocionaba... Enjuto,
sencillo -a veces, le asomaba la asfixia-, presentaba la aristocracia del
cantaor... «He trabajado con los mejores artistas...». Pero
lo decía con sencillez, con humildad. Se acuerda de su mujer: «Dolores
Raya Grande, gitana, nacida en Alcalá y recriada en Pruna. Se me
fue el 1 de enero de 1994, con 67 años. Y guardo en mi dormitorio
su fotografía».
Entre emociones y sinceridades -la vida se nos pasa, como diría Jorge Manrique-, escuchamos a El Lápiz, que fue buen cantaor flamenco; cazador nato; amante de sus perros y buen camarada en aquellos años difíciles en los que le tocó cantar con las grandes figuras del género, cuando todos eran amigos y camaradas y había respeto entre los artistas-, y hoy, en el silencio amable de esta Residencia privilegiada, evoca aquellos tiempos de triunfos, conservando el sello del auténtico flamenco, que ha cantado siempre de pecho y de garganta, esta soleá premonitoria:
Tos
tenemos que nacer
la
sentencia en el destino…
(C)
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