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El otro Efecto 2000 El Gran Hermano Poder y Libertad |
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(Publicado en el número 20 de EL CASTILLÓN-Alcalá Noticias en verano de 1999)
En unos tiempos milenaristas en que todos hablan y reivindican la
“globalidad” (entre los que me incluyo, por cierto,), se ha puesto de moda
teorizar sobre la llegada de un hipotético mañana de las
comunicaciones sin fronteras. Según todos nosotros, ese mañana
vaticinado hace diez años abría llegado ya al 90% de la población
del planeta Tierra. Objetivo pues casi cumplido… o no?
Siguiéndole la pista a Mac Luhan (teórico estadounidense
de la comunicación que inventó aquello de la “Aldea Global”),
todos nos las prometíamos felices: con Internet, la Red de Redes,
nos podríamos comunicar con Nueva Zelanda a precio de una llamada
local; como era de esperar, se dieron por buenas las proféticas
aseveraciones del antes mencionado Mac Luhan que ya había advertido
de esta situación, barnizándola, además, con un halo
de hermanamiento planetario muy al uso para los inicios del nuevo milenio.
Teóricamente nadie tendría ya el monopolio de
las comunicaciones siendo la “Net”, nuevo lugar de adoración para
los iniciados de la secta informática, una suerte de isla cibernética
y Libertaria donde todo el mundo lograría caminar en total y profunda
libertad; o sea, el paradigma de la Libertad de expresión.
He de confesar que, desde un principio, la idea no sólo
me sedujo, sino que he sido (y sigo siendo) profundo defensor del invento
en cuestión, como lo son todos aquellos y aquellas que defienden
el pluralismo ideológico frente a los autoritarismos de diverso
cuño, sean nuevos o de rancia aparición en el escenario histórico.
El único problema es que esa realidad, por lo demás
paradisíaca y aparentemente avanzada en la conquista de más
parcelas de Libertad, es tan falsa como grande es este mundo.
Sinceramente, no logro entender cómo podemos seguir
con la presunción de continuar creyéndonos el Centro del
universo olvidándonos alegremente de nuestro “patio trasero”. Nosotros,
los que tenemos el privilegio de comer varias veces al día y hasta
el de arrojar sin preocupación alguna alimentos al cubo de la basura.
Nosotros, hemos decidido ser algo así como la reencarnación
de un imperio donde nunca se pone el sol a costa, eso sí, de los
vecinos del sótano.
Como ya afirmó Federico Mayor Zaragoza (un andaluz
de pro que dirige los destinos de la UNESCO, el organismo promotor de la
Cultura dependiente de Naciones Unidas) no entiendo cómo se puede
hablar de “globalidad” de población conectada a Internet mediante
un ordenador, si más de la mitad de la población mundial
no tiene acceso a la “simple” electricidad; además, es curioso que
las estadísticas hablen de un porcentaje elevado de la población
terrícola “enganchada” a la Red, cuando todos los habitantes de
Europa, Federación Rusa, Estados Unidos y Canadá juntos representa
“tan sólo” dos tercios de la población de la India. ¿En
qué quedamos entonces?
Pues eso, que más de lo mismo… pero con flores que
hay que decorar. Los que mandan nos están diseñando, cada
vez con más sofisticación y tino por cierto, una realidad
virtual (y nunca mejor dicho lo de “virtual”, dicho sea de paso) donde
nos hacen creer que seguimos avanzando en la conquista de parcelas de autogobierno.
La realidad es que esta vida en 3 dimensiones, procesador a 500Mhz y programas
hipersofisticados incluidos, es una pura copia de los edificios de cartón
que Rasputín mandaba construir al paso de la comitiva de la zarina
Catalina la grande para apaciguar los sentimientos de culpabilidad de la
monarca con respecto a un pueblo, el suyo, que se moría liberalmente
de hambre.
Eso sí, vía Internet nos hemos enterado casi
en directo de los líos amorosos de un presidente americano, conocemos
las partes íntimas de las famosas de turno y hasta podemos “montar”
una página en la que se reivindica la igualdad de todos los seres
humanos. ¿Y qué más? Pues poco, muy poco porque la
otra Humanidad, es decir, esos miles de millones de seres humanos que literalmente
revientan de no comer, esa desafortunada Humanidad que no nació
en el sitio políticamente correcto sigue hundiéndose en el
lodo de la miseria sin tan siquiera poder acceder a los desperdicios a
los que antes aludía. Esos millones de hombres y mujeres que jamás
sabrán que alguien, supuestamente muy sesudo, habló en cierta
ocasión de “globalidad” y de comunicaciones locales a nivel
planetario. Para ellos, esa famosa “globalidad” se circunscribe a poder
llegar a un pozo que se encuentra a 30 kilómetros de distancia,
a que el SIDA no los corroa, a que un niño con pinta de soldado
no mate a sus hijos a machetazos sólo por diversión o a que
el puñado de arroz donado por la ONG de turno (con todos mis respetos
y admiración para estos últimos) llegue a alimentar a todos
los miembros de la familia. Para ellos, la Red no es sino algo que utilizarían
para poder hacer acopio de algo que llevarse a la boca, al tiempo que la
virtualidad se queda en las lágrimas de ese crío asexuado
y agonizante a punto de ser destrozado por un carroñero en una reseca
pradera del África subsahariana.
¿Exageraciones? ¿Sentimentalismos? ¿Razonamientos
utópicos?, quizás. Lo cierto es que los occidentales, Nosotros
los de la “Zona Euro” y “crecimiento sostenido”, vivimos en una suerte
de burbuja de cristal que, algún día, terminarían
rompiendo a bastonazos los desheredados de siempre… y al paso que vamos
no tardará mucho en preguntarse porque ellos tienen que pasar calamidades
per se.
De lo que no cabe la menor duda es de que cuando quienes padecen
nuestra opulencia a base de pobredumbre y hambrunas y subdesarrollos crónicos
decidan romper la baraja marcada con la que trucamos el juego, entonces,
y sólo entonces, podremos hablar de “globalidad integral”, porque,
como también clamaba Mayor Zaragoza, lo único globalizado
que existe es la pobreza.
Mientras, como clamaba León Felipe, estos inventos
milenaristas se quedan sólo en un cuento y yo, sinceramente, ya
me cansé de tanto cuento… sólo sirven para dormirnos.
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(Publicado en el número 19 de EL CASTILLÓN-Alcalá Noticias en primavera de 1999)
La cuarta parte de la población del planeta (es decir la que tiene porque preocuparse por comer, o dicho de otra forma, que no se muere literalmente de hambre o de miedo ante las limpiezas étnicas de cualquier tipo) vive un extraño momento terrorífico provocado por algo conocido como el “Efecto 2000”.
Nueva reedición del fin del mundo que suele caracterizar los apocalípticos cambios de siglo, y cómo no el cambio de milenio, el “Efecto 2000” amenaza con el caos informático total... y tan sólo por dos dígitos. Para no aburrir a la concurrencia de esta publicación, sólo apuntaré que el problema del “Efecto 2000” reside en que, hasta ahora, los ordenadores computaban los años con sólo dos cifras, y ello por una cuestión de ahorro de espacio de memoria. Ahora, resulta que el próximo año podrá confundirse (de no remediarse mediante los correspondientes programas informáticos) con el año 1900, y es que los ordenadores no tienen porque saber que cambiamos de milenio; para los sofisticados “chismes”, tan sólo se trata de sumar un número más al 99, pero no podrán (porque no están preparados para ello) sumar 100, sino 00. ¿Posibles repercusiones? Pudiera resultar que los bancos, por ejemplo, no podrían distinguir entre una deuda del 1 de enero del 2000, o del 1 de enero del 1900... al igual que el pago de nóminas.
Tranquilidad no obstante porque, al parecer y siempre según los técnicos, el tema está resuelto... aunque la CIA ha recomendado a sus agentes que saquen el dinero de los bancos, que hagan acopio de comida y de mantas para paliar las consecuencias. Optimismo se llama eso.
Pues eso, que mientras casi todo el mundo mira con preocupación al “Efecto 2000” de los ordenadores, desde el “Sur del Edén” se contempla con horror la implantación de otro “Efecto 2000” no menos apocalíptico en el terreno educativo.
Así, la conocida violencia en las aulas ha pasado de un ser noticia de sucesos más o menos localizadas en determinados barrios de los llamados “conflictivos” para pasar a ser algo desgraciadamente generalizado... al menos en muchos países europeos. Ejemplo vivo de la problemática es nuestra vecina Francia. Los índices de bajas por depresión de los enseñantes, de agresiones a profesores o incluso de tiroteos a quienes desempeñan la tarea de transmitir conocimientos. Según aseguraba un informe publicado en la prestigiosa revista francesa “L’Express”, muchos de los docentes están iniciando un proceso de desidia en el que sólo se interesan por los alumnos que quieren verdaderamente aprender, algo que por cierto se está volviendo cada vez más difícil por el entorno y las presiones que deben padecer estos alumnos de sus propios compañeros.
Así, teléfonos móviles que no paran de sonar, comunicaciones a través de esos mismos móviles sin que importe el transcurso de la clase, video-juegos encima de la mesa en lugar de libros de texto o conversaciones “asamblearias” pasando literalmente de las explicaciones ofrecidas en unas aulas donde los adolescentes de hoy se preparan para tomar las riendas de la sociedad del mañana.
El juego es tan viejo como típico. El listillo de la clase, en un alarde de protagonismo, procura destacar ante los suyos rebelándose contra el orden establecido representado por el profe; los demás siguen el divertido juego a sabiendas que las horas de trabajo se evaporan al ritmo que marcan las provocaciones de este tipo de estudiantes.
Todos los especialistas coinciden en que la problemática es difícilmente solucionable, al tiempo que aseguran sólo depende de la buena voluntad del profesorado, de su resistencia a las provocaciones o a su personalidad para afrontar con éxito las bravatas de los antes mencionados líderes de la discordia.
Sin querer asumir el papel de catastrofista muy típico de
estos tiempos, en la enseñanza pública reglada la tendencia
apunta a que los docentes acaben, salvo excepciones (por lo de “excepcional”)
por no preocuparse de la situación tras comprobar la falta de ayuda,
apoyo y soluciones por parte de quienes dirigen el cotarro educativo.
De seguir así, y todo parece apuntar a ello, nos encaminamos
al modelo educativo norteamericano donde sólo los pudientes pueden
pagarse una educación conveniente a base de mucho dinero.
Obviamente, los superdotados, mediante becas, también pueden acceder a la educación privilegiada. Este particular “efecto 2000” de la educación enfatizará aún mas si cabe la diferencia entre las clases sociales y entre los que han tenido la suerte de estudiar y los que no. El foso entre pudientes y no pudientes se irá agrandando cada vez mas hasta llegar a límites insalvables, desembocando en un mundo mas controlado por los de siempre. Obviamente los padres tienen mucho que decir en esta tétrica historia, y es que los colegios o institutos no pueden ser unos aparcamientos para trastos inútiles que debemos ocupar porque lo dice la Ley.
No obstante, y para resumir, de seguir así las cosas, el que tenga dinero estudiará en Havard, y el que no tendrá que conformarse con las pintorreadas y mugrientas aulas que se ven en los barrios del Bronx neoyorquino. ¿Exageraciones? ¿Por qué entonces se plasma este mismo esquema en los EE.UU donde se supone que está el paradigma de todo lo bueno por excelencia?
La problemática no es ya tan sólo inminente, sino que ya se está desarrollando tal unas metástasis en un cuerpo infectado por el cáncer.
“Efecto 2000” en las aulas, algo mas que un síndrome: todo un avance del premonitorio “1984” de Orwell donde, como en la Edad Media, el Saber estará sólo en poder de unos pocos. ¿Queremos realmente un mundo así?
Como siempre, y aunque parezca utópico, la solución sigue estando en nuestras manos... sólo es cuestión de tomar conciencia y de actuar... pero Ya.
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(Publicado en el número 18 de EL CASTILLÓN-Alcalá Noticias en enero de 1999)
Georges Orwell, un novelista británico (autor entre otras obras de "Rebelión en la granja") muy vinculado a los círculos libertarios de finales de los años 30, marcó toda una época con un libro que generó no pocas polémicas. Así, con su "1984", el inglés quiso demostrar que el mundo podía ir caminando, inexorablemente, hacia una sociedad globalmente oligárquica y autoritaria. El británico situaba esa situación precisamente en el año que daba título a su más que famoso libro.
Ahora, cuando Orwell está más de moda que nunca, los atisbos de autoritarismos son, también y desgraciadamente, más patentes que nunca.
Cierto es que vivimos en una Democracia y al abrigo de una Constitución que nos ampara con un régimen de libertades que tiene la generosidad de proteger quienes la combaten abiertamente, pero no es menos verdad que en determinados gobernantes, su perpetuación en el poder (infinita en el tiempo si de ellos dependiese) representa todo su anhelo, expectativa y finalidad. Lógicamente en una sociedad en la que se puede pensar en Libertad y donde la posibilidad de mantener una disparidad de criterios deja de ser un ejercicio intelectual para convertirse en algo cotidiano, quienes conciben el pensamiento único como forma de expresión tienden a buscarse la manera de amordazar, acallar o intimidar a quien piensa y actúa de manera distinta a lo establecido por quien manda.
Así, los poderosos de turno se procuran los medios de "reformar" los hechos más banales para transformarlos en una verdad más cómoda, más llevadera… mas al uso en definitiva. A la orden del día están la compra de medios de comunicación, o incluso de grupos mediáticos enteros, por quienes detentan el poder… un poder que por cierto, no vayamos a pasarlo por lo alto, emana de la soberanía popular; cuando ello no es posible, se amedrenta al periodista o al editor (ejemplos hechos públicos a nivel nacional han revelado este tipo de prácticas) o sencillamente se monta un "chiringuito" paralelo. La práctica de tales métodos es tan antigua como el ejercicio indebido del poder mismo.
Orwell, por su parte, imaginó a un "Gran Hermano" que lo vigilaría todo desde un apocalíptico Ministerio de la Verdad que lo controlaba absolutamente todo… sin excepción.
Obviamente se puede llegar a entender que el inglés en cuestión, que por cierto fue corresponsal de un prestigioso diario británico durante la Guerra Civil española, describió una visión absolutamente fatalista y nihilista del futuro, no dejando prácticamente puerta alguna a la esperanza. Probablemente Orwell fue excesivo en la manera de distorsionar su enfoque de la historia futura, aunque se le debe reconocer una gran capacidad de crítica hacia quienes mandan.
¿Orwell se equivocó? Las presiones recibidas a determinados medios prueban que vamos por muy mal camino; cuando el lenguaje empleado es mi verdad es la única verdad posible por quienes detentan la batuta, el fantasma de Orwell se agiganta sobre nuestra triste realidad.
Así, el nacimiento de "El Castillón" será saludado (no me cabe la menor duda) con entusiasmo por todos aquellos que entienden que un nuevo enfoque o punto de vista debe ser tenido en cuenta, algo que en lenguaje democrático significa libertad de expresión.
Que 1984 sea sólo una interesante novela depende de todos nosotros, sin excepción alguna. Quienes opinen en una línea diferente a entender que toda opinión es válida también serán respetados desde esta columna… a pesar de que, como no podía de otra forma, sigan ideando un mundo de uniformidades.
"El Castillón" ya está en la calle y, como se dijo en otros foros hace ya muchos años, "que todo aquel que se sienta con arrestos, capacidad e inteligencia, mejore nuestra obra".
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(Publicado en el número 17 de Alcalá Noticias el 5 de diciembre de 1998)
La Constitución cumple 20 años en un ’98 en que los recuerdos de un centenario desastroso han sido más fugaces de lo realmente esperado. Sin embargo, a 20 años de la aprobación de la Carta Magna todavía nos acosan algunos «tics» mas propios de épocas pasadas e incluso de otros lares.
Así, cuando todos creíamos que la salvaguardia de la Libertad era un tema más que superado, algunos se empeñan en dejar claro que el ejercicio del poder (el mal ejercicio, claro está) siempre es peligroso para quienes se encuentran en los «escalones inferiores de la Sociedad». Así, y con la axiomática regla utilizada por los que mandan de que «todo aquel que refleja algo incómodo es incómodo», se procede a abrir la veda contra el mensajero, sea quien sea y esté donde esté.
Sin embargo, quienes creen que deciden sobre el bien y el mal todavía no han tenido la capacidad de entender que medidas como ahogar la Libertad de expresión, o la de intentar acallar un medio de comunicación (para el caso, es lo mismo) son inmediatamente contestadas desde la calle con movimientos de apoyo espontáneos de una ciudadanía que no está dispuesta a dar un solo paso atrás en todo aquello que representa hacerse escuchar en libertad.
Parece pues evidente que existe una relación dicotómica entre el Poder y la Libertad, una suerte de mezcla de agua y aceite que jamás llegan a integrarse el uno en el otro; por definición, el poder tiende a cercenar (cuando no aplastar) todo atisbo de Libertad, porque esa Libertad es el anticuerpo del propio poder. Teniendo en cuenta estas circunstancias, no es pues de extrañar que aún se usen, a dos años del nuevo milenio y en una Democracia como la española, determinadas frases y actitudes que producen escalofríos, poniendo en el punto de mira a un periódico por la única razón de no aceptar, bajo ningún concepto, transformarse en la «voz de su amo»... otra cosa que quien detente el poder no sea capaz de diferenciar un boletín oficial de una publicación editada en un país en el que la Libertad es algo irrenunciable, allá cada cual.
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Centro de Estudios Alcalareños El Castillón
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