er  RIF


Histoire

 
 
 


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El Mediterráneo que hoy conocemos nació hace unos 8.000 años, cuando el Neolítico -es decir, la agricultura y la vida sedentaria- se extendió por sus orillas desde el foco originario de Mesopotamia, en el actual Irak. Navegando siempre cerca de la costa, poblaciones procedentes del Mediterráneo oriental se asentaron como colonos en las tierras de más fácil cultivo. Con ellos traían sus cabras y ovejas, la cebada y el trigo, la cerámica y los tejidos. Cuando este proceso concluye hace unos 5.000 años, todas las riberas del mar Mediterráneo comparten una misma cultura, unos niveles tecnológicos similares e incluso una estética común, como se ve en la cerámica “cardial” que se extiende desde Gibraltar al Bósforo. 


Por entonces, el proceso de desecación del Sáhara -que hasta hace 4.000 años había sido una sabana y después una estepa- llegaba a su fin, por lo que las poblaciones de pastores tuvieron que buscar nuevos pastos para sus ganados, trasladándose hacia tierras más benignas al norte. Es en este periodo cuando se pueblan las islas de Cerdeña, Córcega, Baleares o Canarias. Entre estos pobladores del Mediterráneo occidental se observan aún hoy grandes similitudes genéticas -como el haplotipo A30/B18/DR3-, que también se dan con los habitantes de la Península Ibérica, e incluso con bretones e irlandeses. Estos pueblos denominados “hamitas”, “camitas” o “protomediterráneos” serían el sustrato común que comparten los tuareg, guanches, iberos, vascos, sardos o imaziguen.

    Es precisamente este momento de expansión camita cuando la cultura megalítica se extiende desde Túnez a Irlanda, con centro en el sur de Portugal. Era esta una cultura de base ganadera, que habitaba aún en cuevas pero conocía los metales y construía grandes sepulcros colectivos de piedra -los dólmenes- donde se enterraban durante generaciones todos los miembros de un mismo clan. Hace 4.000 años aparecieron el caballo y la espada, aunque no por eso surgieron grandes diferencias sociales internas.



 

En el Sáhara los pueblos “gétulos” seguían manteniendo un pastoreo de ganado vacuno y un arte rupestre de gran naturalismo, pero el influjo africano se hacía cada vez más débil, dado el progresivo aislamiento de los tuareg. En cambio el África mediterránea intensificaba sus relaciones comerciales con la Península Ibérica exportando objetos de lujo como marfil, obsidiana o huevos de avestruz y recibiendo influencias como los dólmenes o la cerámica campaniforme. De Oriente, a través de Sicilia, llegan a la costa tunecina otros modelos culturales, que se concretan en la cerámica “cabila”. Así pues, serán los influjos conjuntos del Sáhara, la Península Ibérica y el Mediterráneo oriental las que vayan conformando la prehistoria del pueblo amazige.

Desde hace 3.000 años las influencias del Mediterráneo oriental se hacen dominantes, en primer lugar por el gran peso cultural de Egipto y en segundo lugar por la penetración fenicia. En al año 950 a.C. Sheshonk, el jefe militar de la tribu líbica Mashaouash, se proclamó faraón y fundó la XXII dinastía egipcia, iniciándose en esta fecha el calendario amazige. Por las mismas fechas los fenicios alcanzan las costas occidentales fundando las colonias de Útica, Tamuda, Gades, Lixus, etc. Pero será Cartago, fundada en el 814 a.C., la que a partir del siglo VI a.C. se convierta en un estado autónomo, sometiendo a tributo a las tribus del interior y consolidando las rutas caravaneras que la surten del oro, plata y estaño africanos.

Es en esta etapa protohistórica cuando los imazighen comienzan a escribir, adoptando un alfabeto derivado del fenicio, al que se denomina “líbico”. Este alfabeto, aún no descifrado, guarda semejanzas con el que por entonces usaban iberos y guanches y con el “tifinagh” que todavía usan los tuareg en Mali o Níger. Tres zonas diferenciadas formaban por entonces el territorio de Tamazgha. Al sur, en las estribaciones montañosas del Sáhara meridional los gétulos seguían dedicados al pastoreo. En el litoral del actual Marruecos se localizaba la Mauritania, que según Salustio “tuvo pronto ciudades, porque separadas de Iberia sólo por el Estrecho, mantenían frecuente comercio con los iberos”. Entre Argelia y Túnez se extendía la Numidia que, gracias al comercio cartaginés, se convirtió en la zona más rica. Son precisamente reyes númidas los primeros bereberes que entran en la historia con  nombre propio como Aylamas, Gaïa, Sifaz, Massinissa, Jugurta o Juba, citados por los historiadores romanos por su tenaz resistencia a la conquista por Roma.


                              

Tras ellos comienza una etapa -que llega hasta hoy- de dependencias externas. Aunque la Mauritania fue el tramo de litoral mediterráneo que más tarde se incorporó al Imperio, en el año 40 a.C. África del Norte ya es romana. Pero Roma nunca controló más territorio del que había sometido Cartago y de hecho su principal dedicación fue mantener una red de puestos de vigilancia ocupados por unos 30.000 soldados para asegurar el comercio caravanero con el Sahel africano. Un sector de mauritanos romanizados fue ascendiendo socialmente y en el año 170 los senadores africanos llegaban ya al centenar. Y al final del dominio romano la latinización era tan profunda que los primeros Padres de la Iglesia cristiana son bereberes como Tertuliano, San Cipriano o San Agustín. Aunque en todo caso el cristianismo africano siempre guardó las distancias con Roma mediante la adscripción a herejías como el donatismo, el docetismo y el arrianismo.

Los primeros siglos medievales fueron una época de invasiones y cambios de señores. En el año 429 los vándalos se instalan en la diócesis de África, dominando con su flota todo el Mediterráneo occidental y llegando a saquear Roma en el 455. En el año 534 el reino vándalo es destruido por el Imperio Bizantino, que pasa a dominar todo el norte de África. El dominio de Bizancio llega hasta el año 91 (de la Hégira) / 710 (después de Cristo), cuando los árabes consiguen conquistar el Atlas y convertir al Islam a sus pobladores. Pero esta conquista no les fue nada fácil a los árabes, ya que los imazighen se unieron contra los invasores, primero bajo el mando de Kusayla -jefe de la confederación de tribus Senhaya en el Gran Atlas- y entre el 696 y el 701 dirigidos por la sacerdotisa Al Kahina. Tras la derrota, las fuerzas bereberes se incorporaron al ejército musulmán, formando la fuerza de choque que de la mano de Tarik conquistó la Península Ibérica.


La islamización fue avanzando en las zonas costeras -en un proceso de aculturación sin sustitución de población- mientras que la cultura autóctona iba quedando relegada a las montañas. Pero desde el principio surgieron intentos de adaptar el islam al mundo bereber. Así, en las llanuras atlánticas estalla en el año 122/740 la revuelta jariyita, que funda el principado de Siyilmasa y se extiende por el Magreb predicando la igualdad de todos los musulmanes. Tan solo 35 años después de la conquista árabe, Ibn Tarif se proclamó profeta, tradujo el Corán a la lengua tamazigh y fundó el reino de Barghwata con capital en Tamesna, que conservó su independencia durante siglos.

Este proceso de disgregación del califato de Bagdag concluyó a fines del siglo II/VIII, cuando surgieron en el Magreb los reinos independientes de los idrisíes, rustemíes y aglabíes con capitales en Fez, Tahert y Cairouan. Mientras que la Kabilia quedó bajo soberanía de los rustemíes, el Rif pasó a depender del reino de Fez. Pero al igual que en las épocas cartaginesa o romana, era el actual Túnez -por entonces llamado Ifriquiya- la zona más rica y poderosa, llegando a unificar bajo la dinastía fatimí el conjunto de la costa surmediterránea desde Egipto a Fez.



 

En este periodo la capital del Rif era la ciudad de Nekor, hoy desaparecida, que se situaba en la desembocadura del río de igual nombre. Nekor albergó la primera dinastía marroquí, pues fue fundada el 726 por el yemení Sahid ibn Mansur al Himyari, que proclamó su independencia antes que los barguatas o los idrisíes. La ciudad y su puerto sufrieron el saqueo de los piratas normandos, de los omeyas andalusíes y finalmente de los almorávides que la destruyeron en el año 1084.

El siglo V/XI verá nacer con Yusuf ibn Tachfin un gran imperio amazige que unificó políticamente todo el Magreb. Los almorávides primero y los almohades más tarde partieron desde las montañas del Gran Atlas predicando la necesidad de una reforma moral para llegar desde Al Andalus hasta Trípoli y el Sahel, proclamándose califas con independencia de Bagdag o El Cairo incluso en lo religioso. La base de su poder estaba en su eficaz organización de la ruta comercial que surtía de oro a Europa a través del eje Tombuctú - Siyilmasa - Marrakech - Fez - Badis - Málaga - Sevilla.



 

Fue precisamente la ciudad de Badis la más importante del Rif entre los siglos XII al XVI al convertirse en el puerto de Fez. Su crecimiento se basó en “la comodidad de un puerto capaz de treinta bajeles y buen aparejo de madera en las sierras de alrededor, donde hay muchos árboles alcornoque y alerce”. Según León el Africano “los moradores de Badis forman dos grupos: pescadores y corsarios que van a robar a las costas de los cristianos con sus fustas. En los altos y ásperos montes de los alrededores se encuentran buenas maderas para galeras y los montañeses viven del transporte de ellas”.

De estos rifeños de las montañas al sur de Badis otros geógrafos como Al Bakri, Ibn Battuta, Al Idrisi o Ibn Jaldún -en su gran obra “Historia de los bereberes”- nombran las tribus que las habitan, coincidiendo sus nombres y territorios con los que hoy día siguen habitando los Ait Urriaghel, Ait Guemil, Igzenain o Marnisa.



 

Tras dos siglos de imperio bereber, el constante pulso entre nomadismo y civilización -que para Ibn Jaldún  es el principio dialéctico de la historia de los bereberes- acabó con el imperio almohade e hizo nacer los reinos de Túnez, Tlemcen, Granada, Fez, Marrakech y Tafilalet. En el oeste magrebí, el débil reino de Fez -gobernado por la dinastía meriní- verá como en su litoral los portugueses y españoles se apoderan de Ceuta, Ksar es-Seghir, Anfa, Asilah, Mazagán, Tánger, Larache, Bujía, Orán, Argel, Mazalquivir o Túnez. En la costa rifeña los españoles se apoderan de Melilla en el año 1497 y del Peñón de Vélez en 1508.

La principal consecuencia de esta ocupación europea fue la ruptura de los lazos comerciales entre las dos orillas del Mediterráneo, como parte de la rivalidad entre los imperios español y otomano. Una vez cortada la ruta Badis-Málaga, los marinos rifeños tuvieron que convertirse en corsarios bajo la protección otomana, naciendo así los llamados “estados berberiscos”. Pero a pesar de lo rentable que resultaba el corso, no era sino un síntoma de la debilidad de un poder que no podía oponer una flota regular frente al predominio catalán, genovés y veneciano. En realidad el principal contingente de estos corsarios berberiscos lo formaban los moriscos expulsados del reino de Castilla que se asentaron en Bades, Mezemme o Salé y fundaron nuevas ciudades “andalusíes” como Tetouán o Chefchaouen.



 

Mientras tanto, en el interior la reacción popular contra esa agresión europea -que en un principio buscó el refugio en las cofradías religiosas o zawiyas- fue capitalizado por la nueva dinastía saadí. Tras conquistar Fez y Marrakech y unificar así los dos reinos, se lanzó a recuperar las plazas portuguesas hasta la victoria en la Batalla de los Tres Reyes que se produjo frente a Larache en el año 985/1578. En todo el Rif esta es una época de crisis, al romperse su ancestral papel de intermediario entre el Mediterráneo y el Sahel. Según nos describe León el Africano sus habitantes “no siembran apenas trigo, ya que comen pan de cebada, acompañándose con abundancia de sardinas”. Con respecto a los Ait Urriaguel señala que “el buen rey tiene siempre las manos en sus bienes, de manera que estos, que serían los más ricos de entre todos, por la injusticia de los señores son los más pobres. Son naturalmente gallardos y animosos y hacen cerca de dos mil hombres para la guerra”.

La nueva dinastía alauita, instaurada en el 1074/1664, apenas consigue mantener unido formalmente el reino mientras los territorios “bled es siba” adquieren una progresiva autonomía en manos de una multitud de señores tribales. Tal es su debilidad que tan solo dos barcos españoles fueron suficientes para ocupar en el año 1673 el peñón de AlHoceima, -al que los españoles llamaban Alhucemas, Bucima, Mezemme, Mozema, Mozlena, Mosmer, Motzema, Motzumar, Monçemar, Buzoma, Alzema, Mozuma o Busema-.


Reconociendo su debilidad, el reino alauita firmó el Tratado de Capitulaciones con Francia en 1767 y con España en 1799. La larga sequía que se inició el 1190/1776 y la peste del 1211/1797 dejaron al reino de Marruecos sin las fuerzas necesarias para afrontar un siglo XIX marcado por el imperialismo europeo. Cuando las tropas marroquíes son vencidas por las francesas en Isly, cerca de Oujda, en el año 1260/1844, queda decidido su futuro como colonia.

La ocupación francesa de Argelia hizo que la política española se derivase hacia la expansión territorial, partiendo de las bases que le proporcionaban los “presidios menores” de Melilla, Alhucemas, Vélez y Ceuta. Si durante el siglo XVIII las cancillerías española y francesa habían buscado respecto a Marruecos la fijación de las reglas del juego para la navegación, el mantenimiento de la paz y los convenios o “arreglos” para la seguridad de los presidios españoles, en cambio a mediados del siglo XIX dos factores cimentaron la apertura de una nueva época: el “envés de la trama” internacional por las presiones británicas y la vigilancia de las cábilas vecinas a esos enclaves coloniales.

Así, la política de ocupación encubierta con eufemismos como la “necesidad de seguridad”, tras el tratado firmado en el verano de 1859 se daba el pistoletazo de salida a la confrontación directa. Las nuevas fortificaciones levantadas en Santa Clara de Ceuta y el posterior ataque de la tribu de los Anyera sirvieron de pretexto al gobierno del general O´Donnell para ocupar al levantisco ejército español en tareas exteriores y el mismo día de la Hispanidad de 1859, la monarquía isabelina se embarcaba en otra absurda guerra colonial. Además de los motivos de política interior, razones de política internacional favorecían esta empresa pues estimulaba el deseo latente en España de competir con las potencias europeas en el “reparto de África”.

A finales de octubre, el gobierno español decretaba el bloqueo de los puertos de Tánger, Martí y Larache y el 1 de enero de 1860 la maquinaria militar se ponía en marcha, para llegar a comienzos de febrero a Tetuán. La ocupación de Tetuán, las cuantiosas reparaciones impuestas por el tratado de paz y la consecuente bancarrota de la hacienda del Sultán sometían al cuarteado edificio institucional del imperio xerifiano a la dependencia política y financiera del extranjero y muy especialmente británica.

Tras la guerra de Tetuán, la diplomacia desplegada por los gobiernos de Madrid oscilaría entre los partidarios de la intervención abierta en el norte de Marruecos y los “africanistas” partidarios de un acercamiento mercantil y cultural canalizado de forma pacífica y civil. Una de estas fórmulas de “penetración pacífica” era mediante el régimen de protección jurídica a numerosos súbditos marroquíes, lo que socavaba la autoridad del Sultán en tal grado que éste demandó la convocatoria de una conferencia internacional con el fin de definir y limitar ese “derecho de protección”. A tal efecto, la Conferencia de Madrid de 1880 no sólo no resolvió el problema sino que vino a agravarlo al darle carácter de derecho internacional, institucionalizando las injerencias europeas en los asuntos internos del imperio marroquí.

Iniciado así el asedio diplomático de Europa sobre el Marruecos precolonial, sólo faltaba por saber qué país se haría cargo de llevar a cabo tan magno proyecto “civilizador”. Para resolver el interrogante, la Conferencia de Berlín durante 1884 y 1885 trató de llegar a un “equilibrio de poder” entre las distintas potencias interesadas por el solar africano. La pugna por el control de África llevó a Marruecos a ponerse en el punto de mira de las potencias imperialistas, aunque en esta ocasión no se procedió a su reparto.

En este ambiente de rapiña y ante el pérdida de los restos del imperio ultramarino español, el gobierno de Madrid iniciaba las obras de fortificación de Melilla autorizadas por el Sultán en el tratado de 1860. Pero cuando las obras se acercaron a la kubba de Sidi Aguariach -santón venerado por las cábilas de Kelaia- las tribus rifeñas pidieron que cesara esa profanación de un lugar sagrado para ellas. Mientras las autoridades marroquíes y peninsulares trataban de apaciguar los ánimos, contingentes rifeños recorrían el territorio haciendo un llamamiento a la guerra contra los invasores. Esta movilización fue considerada una “provocación” por las autoridades  españolas, que desplazaron a Melilla un fuerte contingente militar.


Las refriegas del 27 de octubre de 1893, en las que el violento general Margallo encontró la muerte, desencadenaron el bombardeo de los aduares costeros por los navíos de guerra españoles. El efecto desmoralizador y el hambre de la población llevaron al caíd del campo fronterizo a presentar propuestas de paz, pero las autoridades melillenses pusieron como condición la entrega de los cabecillas rifeños y la reanudación de las obras en Sidi Aguariach.

La reacción del Sultán fue condenar abiertamente las acciones hostiles de las cábilas de Kelaia, lo cual reflejaba la imposibilidad del Majzén para controlarlas y evidenciaba el proceso de descomposición del imperio xerifiano. El 5 de marzo de 1894, el general Martínez Campos y Mulay Hassan firmaban un “tratado de paz” que ponía fin a una guerra no declarada. Mucho había cambiado la situación respecto a la guerra de Tetuán, cuando Mulay Mohammed se solidarizó con la tribu Anyera. Ahora, en cambio, el Sultán decidía castigar a las tribus de Kelaia, confirmando el divorcio entre el Majzén y el Rif. Del mismo modo, se reforzaba la creciente influencia francesa frente a lo acaecido en el conflicto de Tetuán, en el que Inglaterra había ejercido un papel decisorio.

De hecho fue el acuerdo anglo-francés de 1904 el que fijó cómo se habría de proceder al “reparto amistoso” de Marruecos. Francia y Gran Bretaña lograron ponerse de acuerdo sobre la idea de “Egipto por Marruecos” sugerida por Delcassé. Pero para satisfacer el interés británico por asegurar la libertad de navegación en el Estrecho de Gibraltar, Londres puso como condición que España -débil en comparación- recibiera la mitad septentional del imperio xerifiano, si bien Francia sería el único árbitro ante cualquier controversia entre España y Marruecos.

En el secretismo propio de la “Europa de las Alianzas” y tal como se preveía en el artículo 8 de la entente franco-británica, se iniciaba la negociación bilateral hispano-francesa en abril de 1904. En ella se le ofrecieron a España unos 20.000 km2 de la intrincada y montañosa franja del norte, entre los ríos Muluya, Uarga y Lucus. A pesar de la importancia del pacto, la reacción en España sólo encontró eco en los grupúsculos de africanistas de la Sociedad Geográfica, en tanto que el gobierno de Madrid carecía de una política colonial específica. De esta forma España obtenía una colonia a precio de saldo y no por un interés económico claro, sino más bien por una cuestión de orgullo para no aparecer como una potencia de segundo orden incapaz de tomar parte en el reparto colonial.

Pero los acuerdos anglo-franceses de 1904 no habían tenido en cuenta los intereses de la otra gran potencia europea: Alemania, y esa exclusión deliberada iba a provocar un conflicto diplomático tras la visita del Kaiser Guillermo II a Tánger en marzo de 1905 para defender la integridad territorial del sultanato marroquí ante la posibilidad de que fuese dividido entre España y Francia. Sintiéndose apoyado por la diplomacia alemana, el Sultán propuso que el programa de reformas que quería imponer Francia fuese sometido al arbitraje de una comisión internacional. Reunida a tal efecto, la Conferencia de Algeciras de 1906 ratificó las pretensiones francesas sobre Marruecos al dejar a Francia y España toda la “responsabilidad” de organizar el control de los puertos marroquíes, así como el procedimiento de adjudicación de las obras. En suma, el gobierno alemán había provocado un conflicto internacional y había acabado desairado, consiguiendo tan sólo aplazar por unos años el reparto decidido por Francia e Inglaterra en 1904.



 

A partir de 1907 Francia amplia su zona de influencia en el este y el sur de su territorio apoderándose de Oujda y Casablanca, esta última con ayuda española. España por su parte avanza desde Melilla hasta la Restinga y el Cabo de Aguas, mientras negocia con Bu Hamara -un predicador autoproclamado Sultán al que las tribus rifeñas habían acatado- la concesión de los derechos de explotación del hierro de Kelaia. Los trabajos mineros supondrán un nuevo pulso para el gobierno de Madrid, en tanto que desafecto Bu Hamara y destronado Abd el Aziz las cábilas que habían colaborado con el nuevo Sultán se negaron a aceptar las concesiones hechas a la Compañía Española de Minas del Rif y en octubre de 1908 asaltaron sus instalaciones. Tras los disturbios, las tribus presentaban al general Marina sus deseos de mantenerse en relaciones pacíficas con España, si bien los trabajos en las minas y el ferrocarril siguieron paralizados, ante la falta de autoridad manifiesta.

En enero de 1909 las cábilas, liberadas de la autoridad de Bu Hamara, no parecían muy dispuestas a pemitir la actividad de las compañías mineras. Así, presionado por el “lobby” empresarial, el gobierno de Madrid ordenaba la reanudación de los trabajos ofreciendo escolta militar a las empresas. La noticia era recibida con muy distinto talante por los rifeños. Las cábilas de Mazuza y Beni Sicar convocaron a yemáa de todas las tribus de Kelaia para acordar un pacto de left, a la vez que solicitaban el aplazamiento de las obras hasta oír la opinión del Sultán. La solicitud volvía a caer en saco roto y el 9 de julio se produjeron nuevos ataques contra los trabajadores y sus escoltas, comenzando así la campaña de 1909 que habría de costar tantas pérdidas humanas en el sector de Melilla y muy especialmente en el Barranco del Lobo. La impresión causada por el “desastre del Barranco” fue terrible para la opinión pública española, hasta el punto de que al intento de movilización de las brigadas de reserva de Madrid y Barcelona la clase obrera respondió con una insumisión general y las revueltas conocidas como la “Semana Trágica”.

Convencido el Majzén de que no podía contar con la ayuda de ninguna potencia extranjera para hacer frente a la ofensiva de España, no le quedaba más solución que hacer concesiones. En este orden de cosas, el sultanato firmaba un nuevo acuerdo por el que ratificaba el Acta General de la Conferencia de Algeciras. Pero una vez más el tratado quedaba en papel mojado ante la actitud de las cábilas insumisas a la autoridad majzeniana.

El clima prebélico en Europa internacionalizaba nuevamente el “problema de Marruecos”. Alemania volvía a oponerse al expansionismo francés enviando en el verano de 1911 una cañonera a las costas de Agadir. La  demostración de fuerza alemana forzaba unas duras negociaciones que terminarían con el acuerdo del 4 de noviembre, por el que Francia cedía a Alemania el Camerún a cambio de asegurarse el beneplácito alemán para el establecimiento del “Protectorado de Marruecos”.

Vencidas las últimas reticencias, el Sultán firmaba el 30 de marzo de 1912 el tratado de aceptación del Protectorado, iniciándose con ello la etapa colonial. Pero aún quedaba por fijar el papel de España que, reducida a mera comparsa de Francia, no tuvo más remedio que aceptar la negociación pendiente desde 1904. Partiendo de la ocupación de hecho y de las demandas francesas de compensación por la cesión del Camerún, a España ya no se le asignaron los territorios situados al oeste del río Uarga, un trozo a las orillas del Muluya y parte de la cábila de Beni Bu Yahi. Bajo administración española quedarían por tanto la cuenca del río Lucus, la Yebala, la Gomara, el Rif y la Kelaia con una extensión de unos 20.000 km2. Finalmente las conversaciones hispano-francesas terminaban con el Convenio de 27 de noviembre de 1912, por el que se constituía el Protectorado de España en el Norte de Marruecos.


 



 

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