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El
Mediterráneo que hoy conocemos nació hace unos 8.000 años,
cuando el Neolítico -es decir, la agricultura y la vida sedentaria-
se extendió por sus orillas desde el foco originario de Mesopotamia,
en el actual Irak. Navegando siempre cerca de la costa, poblaciones procedentes
del Mediterráneo oriental se asentaron como colonos en las tierras
de más fácil cultivo. Con ellos traían sus cabras
y ovejas, la cebada y el trigo, la cerámica y los tejidos. Cuando
este proceso concluye hace unos 5.000 años, todas las riberas del
mar Mediterráneo comparten una misma cultura, unos niveles tecnológicos
similares e incluso una estética común, como se ve en la
cerámica “cardial” que se extiende desde Gibraltar al Bósforo.

Por
entonces, el proceso de desecación del Sáhara -que hasta
hace 4.000 años había sido una sabana y después una
estepa- llegaba a su fin, por lo que las poblaciones de pastores tuvieron
que buscar nuevos pastos para sus ganados, trasladándose hacia tierras
más benignas al norte. Es en este periodo cuando se pueblan las
islas de Cerdeña, Córcega, Baleares o Canarias. Entre estos
pobladores del Mediterráneo occidental se observan aún hoy
grandes similitudes genéticas -como el haplotipo A30/B18/DR3-, que
también se dan con los habitantes de la Península Ibérica,
e incluso con bretones e irlandeses. Estos pueblos denominados “hamitas”,
“camitas” o “protomediterráneos” serían el sustrato común
que comparten los tuareg, guanches, iberos, vascos, sardos o imaziguen.
Es precisamente este momento de expansión camita cuando la cultura
megalítica se extiende desde Túnez a Irlanda, con centro
en el sur de Portugal. Era esta una cultura de base ganadera, que habitaba
aún en cuevas pero conocía los metales y construía
grandes sepulcros colectivos de piedra -los dólmenes- donde se enterraban
durante generaciones todos los miembros de un mismo clan. Hace 4.000 años
aparecieron el caballo y la espada, aunque no por eso surgieron grandes
diferencias sociales internas.
En
el Sáhara los pueblos “gétulos” seguían manteniendo
un pastoreo de ganado vacuno y un arte rupestre de gran naturalismo, pero
el influjo africano se hacía cada vez más débil, dado
el progresivo aislamiento de los tuareg. En cambio el África mediterránea
intensificaba sus relaciones comerciales con la Península Ibérica
exportando objetos de lujo como marfil, obsidiana o huevos de avestruz
y recibiendo influencias como los dólmenes o la cerámica
campaniforme. De Oriente, a través de Sicilia, llegan a la costa
tunecina otros modelos culturales, que se concretan en la cerámica
“cabila”. Así pues, serán los influjos conjuntos del Sáhara,
la Península Ibérica y el Mediterráneo oriental las
que vayan conformando la prehistoria del pueblo amazige.
Desde hace
3.000 años las influencias del Mediterráneo oriental se hacen
dominantes, en primer lugar por el gran peso cultural de Egipto y en segundo
lugar por la penetración fenicia. En al año 950 a.C. Sheshonk,
el jefe militar de la tribu líbica Mashaouash, se proclamó
faraón y fundó la XXII dinastía egipcia, iniciándose
en esta fecha el calendario amazige. Por las mismas fechas los fenicios
alcanzan las costas occidentales fundando las colonias de Útica,
Tamuda, Gades, Lixus, etc. Pero será Cartago, fundada en el 814
a.C., la que a partir del siglo VI a.C. se convierta en un estado autónomo,
sometiendo a tributo a las tribus del interior y consolidando las rutas
caravaneras que la surten del oro, plata y estaño africanos.
Es en esta
etapa protohistórica cuando los imazighen comienzan a escribir,
adoptando un alfabeto derivado del fenicio, al que se denomina “líbico”.
Este alfabeto, aún no descifrado, guarda semejanzas con el que por
entonces usaban iberos y guanches y con el “tifinagh” que todavía
usan los tuareg en Mali o Níger. Tres zonas diferenciadas formaban
por entonces el territorio de Tamazgha. Al sur, en las estribaciones montañosas
del Sáhara meridional los gétulos seguían dedicados
al pastoreo. En el litoral del actual Marruecos se localizaba la Mauritania,
que según Salustio “tuvo pronto ciudades, porque separadas de Iberia
sólo por el Estrecho, mantenían frecuente comercio con los
iberos”. Entre Argelia y Túnez se extendía la Numidia que,
gracias al comercio cartaginés, se convirtió en la zona más
rica. Son precisamente reyes númidas los primeros bereberes que
entran en la historia con nombre propio como Aylamas, Gaïa,
Sifaz, Massinissa, Jugurta o Juba, citados por los historiadores romanos
por su tenaz resistencia a la conquista por Roma.

Tras
ellos comienza una etapa -que llega hasta hoy- de dependencias externas.
Aunque la Mauritania fue el tramo de litoral mediterráneo que más
tarde se incorporó al Imperio, en el año 40 a.C. África
del Norte ya es romana. Pero Roma nunca controló más territorio
del que había sometido Cartago y de hecho su principal dedicación
fue mantener una red de puestos de vigilancia ocupados por unos 30.000
soldados para asegurar el comercio caravanero con el Sahel africano. Un
sector de mauritanos romanizados fue ascendiendo socialmente y en el año
170 los senadores africanos llegaban ya al centenar. Y al final del dominio
romano la latinización era tan profunda que los primeros Padres
de la Iglesia cristiana son bereberes como Tertuliano, San Cipriano o San
Agustín. Aunque en todo caso el cristianismo africano siempre guardó
las distancias con Roma mediante la adscripción a herejías
como el donatismo, el docetismo y el arrianismo.
Los primeros
siglos medievales fueron una época de invasiones y cambios de señores.
En el año 429 los vándalos se instalan en la diócesis
de África, dominando con su flota todo el Mediterráneo occidental
y llegando a saquear Roma en el 455. En el año 534 el reino vándalo
es destruido por el Imperio Bizantino, que pasa a dominar todo el norte
de África. El dominio de Bizancio llega hasta el año 91 (de
la Hégira) / 710 (después de Cristo), cuando los árabes
consiguen conquistar el Atlas y convertir al Islam a sus pobladores. Pero
esta conquista no les fue nada fácil a los árabes, ya que
los imazighen se unieron contra los invasores, primero bajo el mando de
Kusayla -jefe de la confederación de tribus Senhaya en el Gran Atlas-
y entre el 696 y el 701 dirigidos por la sacerdotisa Al Kahina. Tras la
derrota, las fuerzas bereberes se incorporaron al ejército musulmán,
formando la fuerza de choque que de la mano de Tarik conquistó la
Península Ibérica.

La
islamización fue avanzando en las zonas costeras -en un proceso
de aculturación sin sustitución de población- mientras
que la cultura autóctona iba quedando relegada a las montañas.
Pero desde el principio surgieron intentos de adaptar el islam al mundo
bereber. Así, en las llanuras atlánticas estalla en el año
122/740 la revuelta jariyita, que funda el principado de Siyilmasa y se
extiende por el Magreb predicando la igualdad de todos los musulmanes.
Tan solo 35 años después de la conquista árabe, Ibn
Tarif se proclamó profeta, tradujo el Corán a la lengua tamazigh
y fundó el reino de Barghwata con capital en Tamesna, que conservó
su independencia durante siglos.
Este proceso
de disgregación del califato de Bagdag concluyó a fines del
siglo II/VIII, cuando surgieron en el Magreb los reinos independientes
de los idrisíes, rustemíes y aglabíes con capitales
en Fez, Tahert y Cairouan. Mientras que la Kabilia quedó bajo soberanía
de los rustemíes, el Rif pasó a depender del reino de Fez.
Pero al igual que en las épocas cartaginesa o romana, era el actual
Túnez -por entonces llamado Ifriquiya- la zona más rica y
poderosa, llegando a unificar bajo la dinastía fatimí el
conjunto de la costa surmediterránea desde Egipto a Fez.
En
este periodo la capital del Rif era la ciudad de Nekor, hoy desaparecida,
que se situaba en la desembocadura del río de igual nombre. Nekor
albergó la primera dinastía marroquí, pues fue fundada
el 726 por el yemení Sahid ibn Mansur al Himyari, que proclamó
su independencia antes que los barguatas o los idrisíes. La ciudad
y su puerto sufrieron el saqueo de los piratas normandos, de los omeyas
andalusíes y finalmente de los almorávides que la destruyeron
en el año 1084.
El siglo V/XI
verá nacer con Yusuf ibn Tachfin un gran imperio amazige que unificó
políticamente todo el Magreb. Los almorávides primero y los
almohades más tarde partieron desde las montañas del Gran
Atlas predicando la necesidad de una reforma moral para llegar desde Al
Andalus hasta Trípoli y el Sahel, proclamándose califas con
independencia de Bagdag o El Cairo incluso en lo religioso. La base de
su poder estaba en su eficaz organización de la ruta comercial que
surtía de oro a Europa a través del eje Tombuctú -
Siyilmasa - Marrakech - Fez - Badis - Málaga - Sevilla.
Fue
precisamente la ciudad de Badis la más importante del Rif entre
los siglos XII al XVI al convertirse en el puerto de Fez. Su crecimiento
se basó en “la comodidad de un puerto capaz de treinta bajeles y
buen aparejo de madera en las sierras de alrededor, donde hay muchos árboles
alcornoque y alerce”. Según León el Africano “los moradores
de Badis forman dos grupos: pescadores y corsarios que van a robar a las
costas de los cristianos con sus fustas. En los altos y ásperos
montes de los alrededores se encuentran buenas maderas para galeras y los
montañeses viven del transporte de ellas”.
De estos rifeños
de las montañas al sur de Badis otros geógrafos como Al Bakri,
Ibn Battuta, Al Idrisi o Ibn Jaldún -en su gran obra “Historia de
los bereberes”- nombran las tribus que las habitan, coincidiendo sus nombres
y territorios con los que hoy día siguen habitando los Ait Urriaghel,
Ait Guemil, Igzenain o Marnisa.
Tras
dos siglos de imperio bereber, el constante pulso entre nomadismo y civilización
-que para Ibn Jaldún es el principio dialéctico de
la historia de los bereberes- acabó con el imperio almohade e hizo
nacer los reinos de Túnez, Tlemcen, Granada, Fez, Marrakech y Tafilalet.
En el oeste magrebí, el débil reino de Fez -gobernado por
la dinastía meriní- verá como en su litoral los portugueses
y españoles se apoderan de Ceuta, Ksar es-Seghir, Anfa, Asilah,
Mazagán, Tánger, Larache, Bujía, Orán, Argel,
Mazalquivir o Túnez. En la costa rifeña los españoles
se apoderan de Melilla en el año 1497 y del Peñón
de Vélez en 1508.
La principal
consecuencia de esta ocupación europea fue la ruptura de los lazos
comerciales entre las dos orillas del Mediterráneo, como parte de
la rivalidad entre los imperios español y otomano. Una vez cortada
la ruta Badis-Málaga, los marinos rifeños tuvieron que convertirse
en corsarios bajo la protección otomana, naciendo así los
llamados “estados berberiscos”. Pero a pesar de lo rentable que resultaba
el corso, no era sino un síntoma de la debilidad de un poder que
no podía oponer una flota regular frente al predominio catalán,
genovés y veneciano. En realidad el principal contingente de estos
corsarios berberiscos lo formaban los moriscos expulsados del reino de
Castilla que se asentaron en Bades, Mezemme o Salé y fundaron nuevas
ciudades “andalusíes” como Tetouán o Chefchaouen.
Mientras
tanto, en el interior la reacción popular contra esa agresión
europea -que en un principio buscó el refugio en las cofradías
religiosas o zawiyas- fue capitalizado por la nueva dinastía saadí.
Tras conquistar Fez y Marrakech y unificar así los dos reinos, se
lanzó a recuperar las plazas portuguesas hasta la victoria en la
Batalla de los Tres Reyes que se produjo frente a Larache en el año
985/1578. En todo el Rif esta es una época de crisis, al romperse
su ancestral papel de intermediario entre el Mediterráneo y el Sahel.
Según nos describe León el Africano sus habitantes “no siembran
apenas trigo, ya que comen pan de cebada, acompañándose con
abundancia de sardinas”. Con respecto a los Ait Urriaguel señala
que “el buen rey tiene siempre las manos en sus bienes, de manera que estos,
que serían los más ricos de entre todos, por la injusticia
de los señores son los más pobres. Son naturalmente gallardos
y animosos y hacen cerca de dos mil hombres para la guerra”.
La nueva dinastía
alauita, instaurada en el 1074/1664, apenas consigue mantener unido formalmente
el reino mientras los territorios “bled es siba” adquieren una progresiva
autonomía en manos de una multitud de señores tribales. Tal
es su debilidad que tan solo dos barcos españoles fueron suficientes
para ocupar en el año 1673 el peñón de AlHoceima,
-al que los españoles llamaban Alhucemas, Bucima, Mezemme, Mozema,
Mozlena, Mosmer, Motzema, Motzumar, Monçemar, Buzoma, Alzema, Mozuma
o Busema-.

Reconociendo
su debilidad, el reino alauita firmó el Tratado de Capitulaciones
con Francia en 1767 y con España en 1799. La larga sequía
que se inició el 1190/1776 y la peste del 1211/1797 dejaron al reino
de Marruecos sin las fuerzas necesarias para afrontar un siglo XIX marcado
por el imperialismo europeo. Cuando las tropas marroquíes son vencidas
por las francesas en Isly, cerca de Oujda, en el año 1260/1844,
queda decidido su futuro como colonia.
La ocupación
francesa de Argelia hizo que la política española se derivase
hacia la expansión territorial, partiendo de las bases que le proporcionaban
los “presidios menores” de Melilla, Alhucemas, Vélez y Ceuta. Si
durante el siglo XVIII las cancillerías española y francesa
habían buscado respecto a Marruecos la fijación de las reglas
del juego para la navegación, el mantenimiento de la paz y los convenios
o “arreglos” para la seguridad de los presidios españoles, en cambio
a mediados del siglo XIX dos factores cimentaron la apertura de una nueva
época: el “envés de la trama” internacional por las presiones
británicas y la vigilancia de las cábilas vecinas a esos
enclaves coloniales.
Así,
la política de ocupación encubierta con eufemismos como la
“necesidad de seguridad”, tras el tratado firmado en el verano de 1859
se daba el pistoletazo de salida a la confrontación directa. Las
nuevas fortificaciones levantadas en Santa Clara de Ceuta y el posterior
ataque de la tribu de los Anyera sirvieron de pretexto al gobierno del
general O´Donnell para ocupar al levantisco ejército español
en tareas exteriores y el mismo día de la Hispanidad de 1859, la
monarquía isabelina se embarcaba en otra absurda guerra colonial.
Además de los motivos de política interior, razones de política
internacional favorecían esta empresa pues estimulaba el deseo latente
en España de competir con las potencias europeas en el “reparto
de África”.
A finales de
octubre, el gobierno español decretaba el bloqueo de los puertos
de Tánger, Martí y Larache y el 1 de enero de 1860 la maquinaria
militar se ponía en marcha, para llegar a comienzos de febrero a
Tetuán. La ocupación de Tetuán, las cuantiosas reparaciones
impuestas por el tratado de paz y la consecuente bancarrota de la hacienda
del Sultán sometían al cuarteado edificio institucional del
imperio xerifiano a la dependencia política y financiera del extranjero
y muy especialmente británica.
Tras la guerra
de Tetuán, la diplomacia desplegada por los gobiernos de Madrid
oscilaría entre los partidarios de la intervención abierta
en el norte de Marruecos y los “africanistas” partidarios de un acercamiento
mercantil y cultural canalizado de forma pacífica y civil. Una de
estas fórmulas de “penetración pacífica” era mediante
el régimen de protección jurídica a numerosos súbditos
marroquíes, lo que socavaba la autoridad del Sultán en tal
grado que éste demandó la convocatoria de una conferencia
internacional con el fin de definir y limitar ese “derecho de protección”.
A tal efecto, la Conferencia de Madrid de 1880 no sólo no resolvió
el problema sino que vino a agravarlo al darle carácter de derecho
internacional, institucionalizando las injerencias europeas en los asuntos
internos del imperio marroquí.
Iniciado así
el asedio diplomático de Europa sobre el Marruecos precolonial,
sólo faltaba por saber qué país se haría cargo
de llevar a cabo tan magno proyecto “civilizador”. Para resolver el interrogante,
la Conferencia de Berlín durante 1884 y 1885 trató de llegar
a un “equilibrio de poder” entre las distintas potencias interesadas por
el solar africano. La pugna por el control de África llevó
a Marruecos a ponerse en el punto de mira de las potencias imperialistas,
aunque en esta ocasión no se procedió a su reparto.
En este ambiente
de rapiña y ante el pérdida de los restos del imperio ultramarino
español, el gobierno de Madrid iniciaba las obras de fortificación
de Melilla autorizadas por el Sultán en el tratado de 1860. Pero
cuando las obras se acercaron a la kubba de Sidi Aguariach -santón
venerado por las cábilas de Kelaia- las tribus rifeñas pidieron
que cesara esa profanación de un lugar sagrado para ellas. Mientras
las autoridades marroquíes y peninsulares trataban de apaciguar
los ánimos, contingentes rifeños recorrían el territorio
haciendo un llamamiento a la guerra contra los invasores. Esta movilización
fue considerada una “provocación” por las autoridades españolas,
que desplazaron a Melilla un fuerte contingente militar.

Las
refriegas del 27 de octubre de 1893, en las que el violento general Margallo
encontró la muerte, desencadenaron el bombardeo de los aduares costeros
por los navíos de guerra españoles. El efecto desmoralizador
y el hambre de la población llevaron al caíd del campo fronterizo
a presentar propuestas de paz, pero las autoridades melillenses pusieron
como condición la entrega de los cabecillas rifeños y la
reanudación de las obras en Sidi Aguariach.
La reacción
del Sultán fue condenar abiertamente las acciones hostiles de las
cábilas de Kelaia, lo cual reflejaba la imposibilidad del Majzén
para controlarlas y evidenciaba el proceso de descomposición del
imperio xerifiano. El 5 de marzo de 1894, el general Martínez Campos
y Mulay Hassan firmaban un “tratado de paz” que ponía fin a una
guerra no declarada. Mucho había cambiado la situación respecto
a la guerra de Tetuán, cuando Mulay Mohammed se solidarizó
con la tribu Anyera. Ahora, en cambio, el Sultán decidía
castigar a las tribus de Kelaia, confirmando el divorcio entre el Majzén
y el Rif. Del mismo modo, se reforzaba la creciente influencia francesa
frente a lo acaecido en el conflicto de Tetuán, en el que Inglaterra
había ejercido un papel decisorio.
De hecho fue
el acuerdo anglo-francés de 1904 el que fijó cómo
se habría de proceder al “reparto amistoso” de Marruecos. Francia
y Gran Bretaña lograron ponerse de acuerdo sobre la idea de “Egipto
por Marruecos” sugerida por Delcassé. Pero para satisfacer el interés
británico por asegurar la libertad de navegación en el Estrecho
de Gibraltar, Londres puso como condición que España -débil
en comparación- recibiera la mitad septentional del imperio xerifiano,
si bien Francia sería el único árbitro ante cualquier
controversia entre España y Marruecos.
En el secretismo
propio de la “Europa de las Alianzas” y tal como se preveía en el
artículo 8 de la entente franco-británica, se iniciaba la
negociación bilateral hispano-francesa en abril de 1904. En ella
se le ofrecieron a España unos 20.000 km2 de la intrincada y montañosa
franja del norte, entre los ríos Muluya, Uarga y Lucus. A pesar
de la importancia del pacto, la reacción en España sólo
encontró eco en los grupúsculos de africanistas de la Sociedad
Geográfica, en tanto que el gobierno de Madrid carecía de
una política colonial específica. De esta forma España
obtenía una colonia a precio de saldo y no por un interés
económico claro, sino más bien por una cuestión de
orgullo para no aparecer como una potencia de segundo orden incapaz de
tomar parte en el reparto colonial.
Pero los acuerdos
anglo-franceses de 1904 no habían tenido en cuenta los intereses
de la otra gran potencia europea: Alemania, y esa exclusión deliberada
iba a provocar un conflicto diplomático tras la visita del Kaiser
Guillermo II a Tánger en marzo de 1905 para defender la integridad
territorial del sultanato marroquí ante la posibilidad de que fuese
dividido entre España y Francia. Sintiéndose apoyado por
la diplomacia alemana, el Sultán propuso que el programa de reformas
que quería imponer Francia fuese sometido al arbitraje de una comisión
internacional. Reunida a tal efecto, la Conferencia de Algeciras de 1906
ratificó las pretensiones francesas sobre Marruecos al dejar a Francia
y España toda la “responsabilidad” de organizar el control de los
puertos marroquíes, así como el procedimiento de adjudicación
de las obras. En suma, el gobierno alemán había provocado
un conflicto internacional y había acabado desairado, consiguiendo
tan sólo aplazar por unos años el reparto decidido por Francia
e Inglaterra en 1904.
A
partir de 1907 Francia amplia su zona de influencia en el este y el sur
de su territorio apoderándose de Oujda y Casablanca, esta última
con ayuda española. España por su parte avanza desde Melilla
hasta la Restinga y el Cabo de Aguas, mientras negocia con Bu Hamara -un
predicador autoproclamado Sultán al que las tribus rifeñas
habían acatado- la concesión de los derechos de explotación
del hierro de Kelaia. Los trabajos mineros supondrán un nuevo pulso
para el gobierno de Madrid, en tanto que desafecto Bu Hamara y destronado
Abd el Aziz las cábilas que habían colaborado con el nuevo
Sultán se negaron a aceptar las concesiones hechas a la Compañía
Española de Minas del Rif y en octubre de 1908 asaltaron sus instalaciones.
Tras los disturbios, las tribus presentaban al general Marina sus deseos
de mantenerse en relaciones pacíficas con España, si bien
los trabajos en las minas y el ferrocarril siguieron paralizados, ante
la falta de autoridad manifiesta.
En enero de
1909 las cábilas, liberadas de la autoridad de Bu Hamara, no parecían
muy dispuestas a pemitir la actividad de las compañías mineras.
Así, presionado por el “lobby” empresarial, el gobierno de Madrid
ordenaba la reanudación de los trabajos ofreciendo escolta militar
a las empresas. La noticia era recibida con muy distinto talante por los
rifeños. Las cábilas de Mazuza y Beni Sicar convocaron a
yemáa de todas las tribus de Kelaia para acordar un pacto de left,
a la vez que solicitaban el aplazamiento de las obras hasta oír
la opinión del Sultán. La solicitud volvía a caer
en saco roto y el 9 de julio se produjeron nuevos ataques contra los trabajadores
y sus escoltas, comenzando así la campaña de 1909 que habría
de costar tantas pérdidas humanas en el sector de Melilla y muy
especialmente en el Barranco del Lobo. La impresión causada por
el “desastre del Barranco” fue terrible para la opinión pública
española, hasta el punto de que al intento de movilización
de las brigadas de reserva de Madrid y Barcelona la clase obrera respondió
con una insumisión general y las revueltas conocidas como la “Semana
Trágica”.
Convencido
el Majzén de que no podía contar con la ayuda de ninguna
potencia extranjera para hacer frente a la ofensiva de España, no
le quedaba más solución que hacer concesiones. En este orden
de cosas, el sultanato firmaba un nuevo acuerdo por el que ratificaba el
Acta General de la Conferencia de Algeciras. Pero una vez más el
tratado quedaba en papel mojado ante la actitud de las cábilas insumisas
a la autoridad majzeniana.
El clima prebélico
en Europa internacionalizaba nuevamente el “problema de Marruecos”. Alemania
volvía a oponerse al expansionismo francés enviando en el
verano de 1911 una cañonera a las costas de Agadir. La demostración
de fuerza alemana forzaba unas duras negociaciones que terminarían
con el acuerdo del 4 de noviembre, por el que Francia cedía a Alemania
el Camerún a cambio de asegurarse el beneplácito alemán
para el establecimiento del “Protectorado de Marruecos”.
Vencidas las
últimas reticencias, el Sultán firmaba el 30 de marzo de
1912 el tratado de aceptación del Protectorado, iniciándose
con ello la etapa colonial. Pero aún quedaba por fijar el papel
de España que, reducida a mera comparsa de Francia, no tuvo más
remedio que aceptar la negociación pendiente desde 1904. Partiendo
de la ocupación de hecho y de las demandas francesas de compensación
por la cesión del Camerún, a España ya no se le asignaron
los territorios situados al oeste del río Uarga, un trozo a las
orillas del Muluya y parte de la cábila de Beni Bu Yahi. Bajo administración
española quedarían por tanto la cuenca del río Lucus,
la Yebala, la Gomara, el Rif y la Kelaia con una extensión de unos
20.000 km2. Finalmente las conversaciones hispano-francesas terminaban
con el Convenio de 27 de noviembre de 1912, por el que se constituía
el Protectorado de España en el Norte de Marruecos.

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