La
ciudad, galeónica y marfil, proyectaba su brevedad sobre el océano y la bahía,
refulgiendo entre una bruma blanca, azul y deslumbrante, quizás estimulada por
las corrientes magnéticas de sus entrañas, puede que las mismas que, miles de
años atrás, propiciaran la erección de lugares sagrados .... probablemente
fuera ese mismo magma etéreo el que favoreciera la leyenda de la neurosis endémica
que subyacía bajo el carácter lúdico, en cierto modo luminoso que afamaba a
aquella gente .... tanto como aquellas cuestas recónditas, medievales,
adoquinadas, en cuya cima se agazapaban dinteles de mármol ablasonado,
refugiando decenas de habitáculos sin cocina ni baño.
Como en toda aquella colmena blanca, enteramente adintelada de mármol
italiano .... como el de los altares jaspeados que languidecían dentro del
barroco poroso y rubio dentro de aquellos templos barrocos y tridentinos o aquel
que se expandía en rosa gracias a la luz oceánica procedente de las claras y
espaciosas galerías, blancas y cegadoras, girando en torno a si mismas dentro
de las casas - casi todas dieciochescas - de la ciudad.
Como giraba toda ésta en una espiral de bruma magnetizada y
centelleante, como si ¡repeliéndose hacia el interior de aquel mar que, en
tiempos remotos, había hecho amago de engullirles.
...............
Aquella
misma bahía ya no avanzaba - como entonces, doscientos cincuenta años atrás -
avasallante, sobre las callecillas empedradas del barrio de pescadores.
Al contrario, yacía crepuscular, ámbar, coralina y malva.
Se esparcía en el aire, sobre los edificios nobles de roca costera, los
blasones de mármol, los balcones venidos de Génova, aéreos y cimbreantes, las
cascadas centenarias de las calles, entrecruzadas sin ensañarse en una maraña
de supervivencia navegante a través del tiempo.
Como sobrevivían los pequeños ultramarinos que, tras tantas décadas,
eran los únicos que, pese a hacer dos horas ya que cerraran los demás
comercios, aún se mantenían abiertos de forma indefinida, desesperada ....
Lourdes Alonso