Un
paseo por la Isla del Trocadero.
Una
mañana de mayo, soleada y con buena marea, telefoneé a mi amigo Juan para
invitarlo a hacerle una visita a la isla del Trocadero. Él tenia un vivo interés
en conocer esa parte de Puerto Real a la que no podía acceder sin la ayuda de
alguien que lo pasara en barca, animado por la oportunidad que yo le brindaba
aceptó encantado.
Al acercarnos al embarcadero del lugar, observé contrariado que mi barca
estaba varada en seco, adversa circunstancia que nos obligaba a renunciar cruzar
el caño. Resuelto a no desilusionar a mi amigo, decidí solucionar el
contratiempo pidiendo prestada una patera. No tuvimos la menor dificultad, uno
de los habituales del lugar nos cedió la suya amablemente. Embarcamos y en unos
cuantos golpes de remos alcanzamos la desgastada escalinata de piedra que da
acceso a la isla del Trocadero.
Al pisar tierra apreciamos que soplaba una ligera brisa de Levante. No me
inquietó demasiado porque además de suave hacía que el calor, a media mañana,
fuese más soportable.
Olvidándonos del viento, muy decididos, dirigimos nuestros pasos hacia
la ruinosa edificación que ostentaba un llamativo rótulo de azulejos en uno de
sus costados. Al aproximarnos un poco más leímos claramente: "SALINAS DEL
CONSULADO".
Para
satisfacer nuestra curiosidad nos colamos por uno de los huecos que horadaban
sus vetustas paredes, (en su día fueron puertas y ventanas, ahora carecían del
más mínimo indicio de madera). Nos hallábamos en el interior de lo que en su
día fuera la sala de máquinas de la salinera. Allí todo era silencio, los únicos
testigos de nuestra intromisión era los restos oxidados de aquella maltrecha
maquinaria. Eran las reliquias que me comentó en una conversación "Manolo
el de la salina", su antiguo operador y guarda de la salinera. Aquellos
restos era lo que quedaba del pasado esplendor de aquellas instalaciones. Era lo
que quedaba del lugar donde había transcurrido la mayor parte de su vida
profesional. Del techo no quedaba nada, apenas unas cuantas cerchas de madera
destrozadas y a punto de desplomarse en cualquier momento, por lo que satisfecha
nuestra curiosidad, salimos de allí casi corriendo. Fuera nos admiramos del
edificio, dada la complejidad de una parte de su estructura a la que no veíamos
un sentido práctico claro, que seguro que lo tendría.
Decididos a continuar el reconocimiento de aquella parte de la isla,
tomamos una vereda que parecía que nos podía llevar hasta el castillo de San
Luis. Ésta cruzaba una frondosa y llamativa vegetación, toda ella cuajada de
minúsculas florecillas de color malva, que Juan identificó enseguida con el
nombre de "rompe piedras". Según él, de uso medicinal, muy utilizada
de antiguo para eliminar las piedras que se producen en el riñón.
Continuando por la vereda nos adentramos por otra zona bordeada ahora de
cardos espinosos. Nos vimos obligados a apartarlos con las manos para poder
continuar por aquel sendero, por lo que nos llevamos más de un pinchazo en los
brazos y en la cara. Traspuesta esta molesta zona abocamos a una explanada
cubierta de abundante sapina y frondosos salaos, la salvamos admirando el
paisaje hasta abocar a un punto en que el sendero quedaba inundado por la marea.
Circunstancia que nos obligó a dar un gran rodeo.
Algo más adelante reclamó nuestra atención la ruinosa construcción
que afloraba sobre una espesa maraña de cardos punzantes. Hacia ella nos
dirigimos sorteando los espinos como la prudencia nos daba a entender. Rodeamos
la construcción y comentamos su original rareza. Estaba formada por una serie
de tinajas de gran tamaño encastradas en obra de mampostería. Las que daban a
un frente aparecían todas rotas, pero las que formaban el núcleo interior de
aquel formidable bloque rectangular, estaban intactas. En la superficie de la
curiosa estructura podíamos apreciar los restos de una red de canales o tajeas
sabiamente dispuestos comunicando unas tinas con otras para facilitar,
seguramente, su llenado. Cosa que harían a partir de vaciar el líquido que
fuere en las más cercanas al borde del conjunto.
Junto
a este formidable ingenio para almacenar líquidos, observamos los restos de lo
que en su día pudo ser un aljibe. En sus paredes todavía se podían apreciar
restos del recubrimiento que utilizaron para impermeabilizarlo.
Un poco más adelante, a la derecha de estas ruinas y siempre siguiendo
la vereda en dirección al fuerte, nos topamos con un espacioso dique de
carenas; solo faltaban las compuertas para hacerlo estanco, bueno, y retirar el
lodo que lo inunda, pero allí está, demandando tiempos mejores. Sus sólidos
muros destacan orgullosos de entre la vegetación y el fango mostrándonos el
bien hacer de aquellos hombres que nos precedieron en el tiempo y en la historia
de aquel pintoresco lugar.
Observábamos sus bloques de piedra y nos preguntábamos, el cómo, de
todo aquello: transporte utilizado, procedencia de tanto material pesado, la
solución para el suministro de agua potable, cimentación, la lucha contra las
mareas, y un sin fin de cuestiones que seguramente se nos escapaban como
profanos.
Continuamos el camino que terminaba justo en el muro que circundaba la
margen derecha del caño en las proximidades de las ruinas de Fort-Luis, oculto
en gran parte por la abundante vegetación de la zona compuesta mayoritariamente
de cardos y salaos.
A la vista del mismo, vuelta al asombro y a las preguntas, el grosor del
muro venía a tener algo más de un metro. Lo que estaba en pie, no expoliado,
se conservaba muy bien dando sensación de robustez. Seguimos caminando sobre el
muro y rebasamos un pequeño ojo de puente labrado en la muralla para facilitar
el paso al agua que entra o sale de los esteros a efecto de las mareas.
Al fin nos aproximamos a las primeras piedras del castillo. Sólo quedaba
en pie una pequeña parte de la cimentación de sus murallones, pero bastaban
para darnos idea de lo que fue. Claro, que teníamos frescos en la mente los
planos del fuerte examinados en casa antes de iniciar nuestro paseo; así fue
tarea fácil reconstruir lo que faltaba. Pero la realidad superaba la ficción,
gozábamos al reconocer este o aquel otro emplazamiento, ¡aquí estaba el
embarcadero! ¡Esto es parte, de una de sus garitas! ¡Por aquí debió estar
situada la puerta de acceso a la plaza de armas! ¡Y esto es un aljibe! ¡Aquí
estaban las dependencias! De esta manera recorrimos todo el contorno del fuerte,
palpando con nuestras manos todas aquellas piedras impregnadas de historia.
Ernesto Caldelas Lobo, refiriéndose a este castillo en su “Memoria de Puerto
Real en 1928” indicaba que estas instalaciones, que ahora veíamos tan
deterioradas, en 1855 albergaron a los enfermos de cólera de la epidemia que
asoló a la bahía. Y en 1898 hizo lo propio con los soldados repatriados de
Cuba.
Saltamos a la playa justo a la parte que correspondía al embarcadero.
Juan, que es un lince para los hallazgos, desde lo alto había avistado un
objeto que, por su color, le había llamado poderosamente su atención; resultó
ser un trozo de metralla de cañón o mortero, muy oxidado, lanzado
probablemente desde el castillo de Puntales en una de las batallas habidas
contra los franceses. Rebuscando entre las piedras encontramos lo que parecía
ser una bola de acero abierta como una piña por la acción del mar y el tiempo.
Seguramente formara parte de la metralla contenida en una de las voluminosas
balas de artillería empleadas en la época antes evocada.
El regreso al Trocadero se hizo más pesado. Con la emoción del momento
no reparamos en la fuerza del viento. Éste se había superado así mismo
haciendo su presencia insoportable. El cariz de éste me preocupó bastante,
porque, si bien la marea nos era favorable, las ráfagas del Levante nos daría
mucho que hacer a la hora de intentar cruzar el caño.
Nada mas embarcar en la patera quedamos a merced del viento. Tanto, que
nos fue del todo imposible acercarnos al embarcadero del otro lado. No nos quedó
otro remedio que dejarnos llevar por el Levante y remar con todas nuestras
fuerzas dirigiendo la embarcación en diagonal al curso del caño hasta alcanzar
el fango de la otra orilla, cosa que afortunadamente logramos.
Así, agotados por el esfuerzo, empapados de historia, agua, fango y
mareados por el fortísimo viento, abandonamos el Trocadero.
Francisco Ruiz Serrano
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