Ubicado
entre el Bajo Aragón y el Maestrazgo turolense,
su
origen es anterior a la reconquista cristianas a finales del
siglo XII. Es villa desde 1209, cuando el rey Pedro II la donó
a los calatravos como encomienda independiente de Alcañiz, ciudad
a la que estuvo ligada administrativamente, hasta la actual división
provincial de 1833, en que pasó a formar parte del partido judicial
de Aliaga.
Durante la Edad Media, la villa de Ejulve ocupaba el actual barrio de San Pedro, un núcleo compacto de viviendas que resultó insuficiente para albergar a nuevas familias. Se abrió la trama urbana durante la segunda mitad del siglo XVI, abriéndose la Plaza Mayor donde se erigió el edificio del Ayuntamiento, se amplió el templo parroquial y se dibujó el trazado paralelo de las calles Mayor y del Pilar hasta su convergencia hacia el Pozo de las Erasy las que cruzándolas (San Roque, del Medio y del Sol) descienden hacia hacia el valle.
Una economía tradicional basada en la agricultura de secano (trigo, cebada, centeno, avena,...) y la ganadería ovina permitió superar una población superior a los 1500 habitantes en 1877. Una parte de los cuales habitaban en las numerosas masadas (explotaciones íntegras de carácter familiar) repartidas por el amplio término municipal.
Los
cambios de la sociedad y economía española durante la segunda
mitad del siglo XX tuvo unos efectos devastadores, pues fueron muchísimas
las familias que tomaron el camino hacia Barcelona, Zaragoza, Valencia,
y otras ciudades en busca de futuros personales más amplios.
La
extensión del término municipal es de unos 110 Km2,
con una altura media que supera los 1.100 m. alcanzando en el monte de
Majalinos,
con 1.597m., la máxima altitud. La existencia de numerosas
valescultivadas
desde antiguo, mediante bancales adaptados al terreno, han humanizado
un paisaje en el que podemos encontrar bosques autóctonos
propios del clima mediterráneo continental con abundantes encinas,
robles y alguna sabina. Diferentes
regatos van formando, en nuestro
término, el río Guadalopillo en cuyos márgenes podemos
hallar una vegetación de ribera, con la presencia a lo largo de
su curso de antiguas huertas, algunas balsas para asegurar el riego y alimentar
los dos molinos harineros que hubo
y un paisaje hollado por el agua como el que se puede contemplar en los
estrechos
y carcavos.