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martes 20 de enero de 2004
Una historia de amor en la calle de Almagro


Por GREGORIO SALVADOR. Vicedirector de la Real Academia Española de la Lengua
HACE varios años, ni sé cuántos ya, escribí un artículo titulado Pintadas
personales, en el que me refería, de un modo general, a las pintadas callejeras
que ultrajan el ambiente urbano, que denigran a la ciudad, una agresión
anónima de la que somos víctimas los ciudadanos que transitamos por ella y
ante la que nos sentimos impotentes, que nos anticipa y nos presagia otros
siempre posibles ataques más violentos y directos: el asalto, la violación, el
secuestro, esa baraja de horrores. Han tenido lugar algunos hechos
significativos en el tiempo transcurrido desde entonces, como el de aquellos
grafiteros valencianos -ya hasta tienen nombre culto los tiznaparedes- que
fueron encarcelados en los Países Bajos por lucir sus gracias en un tren, lo que
es posible que disuada a algunos de vocación exportadora y reserven sus
habilidades para el territorio nacional donde parecen tener bula.
Salvaba yo, en aquella ocasión, las que llamaba pintadas personales,
impresionado por una que había visto en una de las esquinas de la calle
Estébanez Calderón con la Castellana, bien trazada, pulcra y muy en alto: «Te
quiero mucho más de lo que tú te crees», pues, añadía, incluso en los
muladares se puede encontrar alguna perla.
Vuelvo al tema, porque ha sido con un collar completo con lo que he topado
esta vez. Viernes 19 de diciembre, en la calle Almagro, tomándola por la acera
de la derecha desde Alonso Martínez, en las cercanías, a un lado y otro, de
Fernando el Santo. Bien trazados también en la pared, cuidadosamente
escritos, con almagre parece o, al menos, de su color, a la altura de una
persona, estos cinco mensajes que componen toda una enigmática historia de
amor: «Tu magia cura mis heridas». «No creas que somos muy diferentes».
«Tu calor siempre me desnuda». «¿Por qué me obligo a esto?» «¿Qué lees
tras la pintura?»
He de advertir que yo venía, cuando los vi, en dirección contraria y los leí a la
inversa, empezando por la última interrogación, lo que también es posible y le
puede dar otro sentido a la historia. Es además la natural lectura de izquierda
a derecha, pero luego he comprendido que el anónimo autor los debió de
escribir de derecha a izquierda porque la persona destinataria de los mensajes
y las preguntas iba a venir y a leerlos en esa dirección. En cualquier caso hay
lirismo en esos textos y la lírica ha admitido muchas veces recomposiciones
del orden o lecturas capicúas. Siempre me viene a la memoria aquella décima
de Luis Rosales, «Primavera morena» de su primer libro, «Abril» de 1935:
«Tan dulcemente morena/ tendida en risa liviana,/ abril de carne temprana,/
esbelta gracia serena,/ sólo penumbra y arena/ tu lenta piel sin ayuda,/ siesta
deleitosa y muda,/ estática madrugada,/ piadosa yerba segada,/ ya para
siempre desnuda». Como puede fácilmente comprobarse, esa espinela del
poeta granadino admite por igual, sin trastornar, literalmente, el sentido, la
lectura de arriba abajo que la de abajo arriba. Nuestras cinco pintadas acaso
también, aunque el meollo de la historia me parece que resultaría distinto.
La cuestión es que he copiado esos textos y el hábito filológico me lleva a
tratarlos con los mismos métodos y con semejante atención con que me he
adentrado en tantos otros, literarios o documentales, que han constituido,
durante muchos años, horizonte cotidiano en mi vida profesional. Y lo que todo
texto o conjunto de ellos ofrece en principio al filólogo es un problema de
interpretación enlazado a una serie bien trabada de dificultades. No estamos
aquí ante un palimpsesto ni ante un manuscrito deteriorado o una inscripción
incompleta ni es preciso pararse en disquisiciones cronológicas. Es una
secuencia de grafitos, de aquí y de ahora, que siguen incólumes tres semanas
después, que no ofrecen ninguna dificultad en su lectura y que han estado,
durante todas las fiestas pasadas, bien a la vista de todo madrileño o forastero
que haya transitado por tan céntrico lugar. Ya digo que las letras están bien
dibujadas, pulcramente escrito todo con mayúsculas, sin faltas de ortografía, y
con tan solo dos abreviaturas: q por que o qué y pq por por qué, tan utilizadas
ambas ahora en los mensajes entre teléfonos móviles. El único enigma que
ofrece es el de su autor, como ocurre con cualquier texto anónimo,
acrecentado en este caso por el correlativo anonimato de la persona
destinataria, y por supuesto la interpretación de la secuencia: el carácter, la
dimensión, las posibles circunstancias de ese amor que he adelantado en el
título.
Se me hace evidente que hay dos personas en el juego -o en el drama, quién
sabe-: hombre y mujer, jóvenes desde luego; y no por ese par de
abreviaturas, que todo el mundo ha empleado alguna vez en sus apuntes y
anotaciones, sino porque escribir toda la serie ha obligado a salir en la fría
madrugada invernal, con los útiles precisos, y exponerse a las azarosas
incomodidades de un lugar notablemente iluminado por donde siempre puede
aparecer alguien que se entrometa.
Pero ¿quién escribe para quién: el hombre o la mujer? Sin pensarlo, uno diría
que el hombre, pero si nos paramos un poco, la duda surge. Las mujeres han
asumido y siguen asumiendo, en tantas y tantas actividades, pero también
muy especialmente en la amorosa, papeles y actitudes que parecían estar
reservados al varón, que esa imaginada furtiva escena nocturna, con almagre
y pincel, dibujando cuidadosamente esos particulares letreros no rehúsa la
fantasía atribuírsela a una joven resuelta, decidida y con caligrafía excelente.
Porque esa es otra: la nitidez, la precisión, la pulcritud y el esmero con que
están ejecutados, lo que también puede apuntar en la misma dirección. Lo
único que no cuadra en la atribución femenina es lo de exponer a la curiosidad
pública sus privados sentimientos. Uno piensa en los teléfonos móviles, que
pueden servir ahora tan apropiadamente para esa clase de declaraciones
personales y presupone como más genuinamente masculino el que se prefiera
proclamarlos a los cuatro vientos desde unas paredes que, por su propia
naturaleza, las convierten en lapidarias. Pero quizá no sea bastante ese
argumento, en los tiempos que vivimos, para desechar la hipótesis de la
enamorada resuelta.
En la relectura que hago in situ, al regresar a Madrid tras las fiestas, sólo hallo
algo nuevo. Debajo de «Tu calor siempre me desnuda», alguien ha escrito, con
rotulador negro y en cuerpo mucho más pequeño, no legible desde lejos, «Me
has emocionado». ¿Quién? ¿La persona destinataria o alguien, un tercero, que
se ha sentido igual de atraído que me siento yo por esa incitante historia de
amor que se trasluce de las cinco frases reseñadas? Me inclinaría a pensar que
ha sido la persona a quien van dirigidas, que se ha visto impresionada por el
alarde, que acaso haya sido tocada en su corazón por la sinceridad de lo
escrito («¿Por qué me obligo a esto?») y haya sabido leer, efectivamente, en
su cabal dimensión, todo lo que hay detrás de esas pinturas y pueda contestar
con conocimiento y franqueza a esa última pregunta que le han hecho.
Mucho cree uno adivinar en esas tres afirmaciones, en esas dos preguntas,
pero todo se diluye en conjeturas. Lo cierto es que, sea lo que sea y sea como
sea, en ese ambiente urbano de paredes pintarrajeadas, de muros afrentados
por insultos soeces, por consignas caducas, por garabatos ilegibles, por
ocurrencias vulgares, todo mostrenco y banal, estas cinco pintadas personales
de la calle Almagro hacen descansar los ojos y, sobre todo, el ánimo por la
veracidad que nos muestran y la evidencia de vida que resalta en su
contenido. Entre tantas calamidades, perturbaciones, desastres, odios,
crueldades y enfrentamientos como nos ha ido ofreciendo el mundo en las
últimas semanas, en los finales de un año y comienzos del otro, esa historia
de amor en la calle Almagro, que tantas lecturas admite, que a tantas
imaginaciones puede dar lugar, ha sido, para el transeúnte madrileño, se mire
como se mire, un regalo inesperado.