Melissa era la chica más popular de mi curso. Era delegada de mi clase
y representante de los alumnos en el consejo escolar, sus notas nunca bajaban
del nueve y durante la semana nunca repetía el mismo modelito. Sí,
era algo pija, pero porque siempre había vivido entre las comodidades
que le brindaban sus padres: él, director de una importante empresa
de informática; ella, presentadora de un conocido programa de sobremesa.
Melissa... sólo el nombre ya te hacía pensar en una de esas
actrices explosivas de Hollywood. Menudo cuerpo... todos los chicos de mi
curso habíamos decidido en una votación silenciosa, expresando
nuestra elección con la mirada, que el suyo era el mejor cuerpo que
habíamos visto. Con unas largas piernas bien torneadas; un trasero
perfecto, ideal para agarrar; unas caderas que se iban contoneando con un
suave vaivén al ritmo de cada paso; unos pechos preciosos que se insinuaban
sutilmente bajo las finas telas de sus camisas... El pelo, una larga cabellera
rizada castaña con mechas rubias; solía llevarlo suelto, lo
que le permitía jugar con él de forma coqueta. Su cara, demasiado
perfecta para mi gusto, destacaba por sus labios, que parecían haber
sido dibujados por las manos de un pintor: gruesos, invitándote a mordisquearlos;
de color sonrosado y eternamente perfilados de forma sensual.
La verdad, es que todo en ella era perfecto. Su cuerpo, su inteligencia, su
entrega por los alumnos... Los pocos fallos que tenía (esa mente algo
retorcida y ese egocentrismo característico de esas personas tan perfectas)
solíamos olvidarlos para poder disfrutar plenamente de esas sonrisas
que nos regalaba a cada uno. Porque, aunque no lo demostraba tan a menudo
como algunas chicas querían para que nos diésemos cuenta que
esa "Barbie" nos tenía sorbido el seso a todos; ella sabía
perfectamente que podía hacer lo que quisiese con nosotros si nos sonreía
o si nos hacía esos ensayados pucheritos con los que nos obligaba a
mirar sus fantásticos labios. Era una chica muy lista, bien sabía
que podía conseguir lo que quisiese, ya fuese manipulando al resto
con sus argumentos tan razonados y esas promesas tan cautivadoras; o, si este
método no le servía, siempre acudía a desabrocharse un
botón más de la camisa.
A mí, Melissa me encantaba. Evidentemente, lo que primero me cautivó
de ella fue ese cuerpo fruto de esa caprichosa naturaleza, que dota a unos
de tanto y a otros de tan poco. Después, me di cuenta que además
tenía la cabeza muy bien amueblada, ya no sólo por los estudios
sino también por el arte de maquinar. De una forma u otra, siempre
conseguía sus objetivos; y siempre la imaginé en un futuro dirigiendo
algún partido político con el cual llegaría a ser la
primera mujer presidenta de un país de la historia, o consiguiendo
encabezar la lista de empresas más ricas del mundo, si pensaba seguir
como directora de la empresa de su padre. En fin, esa era Melissa...
Lucía y sus impenetrables ojos negros me volvían loco, loco,
loco. De extrema delgadez, escondía su cuerpo bajo amplios jerseys
que no hacían más que acrecentar su aparente fragilidad. El
pelo, siempre liso y recogido en un sencillo y espontáneo moño,
era de un brillante color azabache. ¿La cara? Simplemente preciosa:
de pómulos marcados pero con apariencia de la de una niña dulce;
destacaba por esa a veces asustadiza, y otras amenazante; profunda mirada
y por esos labios con aspecto delicioso. Aunque siempre intentaba esconder
sus ojos bajo unas gafas para leer, no pude evitar que eso fuese lo primero
que me hiciese fijarme en ella. Parecía una chica tímida, no
solía hablar con la gente y siempre andaba escondida en la biblioteca,
estudiando o refugiada en algún libro.
Allí fue cuando me di cuenta de su excepcional belleza: un día
me vi obligado a entrar en la biblioteca para buscar un libro. Mientras buscaba
entre los estantes, mi mirada tropezó con la suya. Ella apartó
rápidamente la mirada, a la vez que sus mejillas se teñían
del inconfundible color de aquel que siente vergüenza; pero a partir
de ese momento no pude dejar de mirarla. Estudié sus gestos mientras
leía, pausados y elegantes, acompañados de aquellas manos de
pianista, de largos huesos. Y sus labios... los movía inconscientemente,
leyendo las palabras del libro en silencio; y eso no hacía más
que llamarme a besarlos. Y su mirada, profunda y cargada de una tristeza infinita.
"La chica de los ojos más tristes del mundo", pensé.
Y después, sin querer, y por capricho del destino y del amplio cuello
del jersey; mostró su largo cuello y su hombro, decorado con un simpático
lunar y sin dar muestras de que llevase nada más debajo, aparte del
evidente sujetador, que se asomaba al exterior acariciando con su tirante
la piel de ella. Ese momento pudo conmigo, y entonces empecé a desearla.

It.
By... Neus Mesis.