logotipo

img_google
Sí, anduve enamorado. Entonces yo tenía 16 años y mis ojos se perdían tras la profunda y oscura mirada de Lucía y el fantástico cuerpo de Melissa. Melissa y Lucía, Lucía y Melissa. Tan diferentes, tan polos opuestos.

Melissa era la chica más popular de mi curso. Era delegada de mi clase y representante de los alumnos en el consejo escolar, sus notas nunca bajaban del nueve y durante la semana nunca repetía el mismo modelito. Sí, era algo pija, pero porque siempre había vivido entre las comodidades que le brindaban sus padres: él, director de una importante empresa de informática; ella, presentadora de un conocido programa de sobremesa. Melissa... sólo el nombre ya te hacía pensar en una de esas actrices explosivas de Hollywood. Menudo cuerpo... todos los chicos de mi curso habíamos decidido en una votación silenciosa, expresando nuestra elección con la mirada, que el suyo era el mejor cuerpo que habíamos visto. Con unas largas piernas bien torneadas; un trasero perfecto, ideal para agarrar; unas caderas que se iban contoneando con un suave vaivén al ritmo de cada paso; unos pechos preciosos que se insinuaban sutilmente bajo las finas telas de sus camisas... El pelo, una larga cabellera rizada castaña con mechas rubias; solía llevarlo suelto, lo que le permitía jugar con él de forma coqueta. Su cara, demasiado perfecta para mi gusto, destacaba por sus labios, que parecían haber sido dibujados por las manos de un pintor: gruesos, invitándote a mordisquearlos; de color sonrosado y eternamente perfilados de forma sensual.
La verdad, es que todo en ella era perfecto. Su cuerpo, su inteligencia, su entrega por los alumnos... Los pocos fallos que tenía (esa mente algo retorcida y ese egocentrismo característico de esas personas tan perfectas) solíamos olvidarlos para poder disfrutar plenamente de esas sonrisas que nos regalaba a cada uno. Porque, aunque no lo demostraba tan a menudo como algunas chicas querían para que nos diésemos cuenta que esa "Barbie" nos tenía sorbido el seso a todos; ella sabía perfectamente que podía hacer lo que quisiese con nosotros si nos sonreía o si nos hacía esos ensayados pucheritos con los que nos obligaba a mirar sus fantásticos labios. Era una chica muy lista, bien sabía que podía conseguir lo que quisiese, ya fuese manipulando al resto con sus argumentos tan razonados y esas promesas tan cautivadoras; o, si este método no le servía, siempre acudía a desabrocharse un botón más de la camisa.
A mí, Melissa me encantaba. Evidentemente, lo que primero me cautivó de ella fue ese cuerpo fruto de esa caprichosa naturaleza, que dota a unos de tanto y a otros de tan poco. Después, me di cuenta que además tenía la cabeza muy bien amueblada, ya no sólo por los estudios sino también por el arte de maquinar. De una forma u otra, siempre conseguía sus objetivos; y siempre la imaginé en un futuro dirigiendo algún partido político con el cual llegaría a ser la primera mujer presidenta de un país de la historia, o consiguiendo encabezar la lista de empresas más ricas del mundo, si pensaba seguir como directora de la empresa de su padre. En fin, esa era Melissa...

Lucía y sus impenetrables ojos negros me volvían loco, loco, loco. De extrema delgadez, escondía su cuerpo bajo amplios jerseys que no hacían más que acrecentar su aparente fragilidad. El pelo, siempre liso y recogido en un sencillo y espontáneo moño, era de un brillante color azabache. ¿La cara? Simplemente preciosa: de pómulos marcados pero con apariencia de la de una niña dulce; destacaba por esa a veces asustadiza, y otras amenazante; profunda mirada y por esos labios con aspecto delicioso. Aunque siempre intentaba esconder sus ojos bajo unas gafas para leer, no pude evitar que eso fuese lo primero que me hiciese fijarme en ella. Parecía una chica tímida, no solía hablar con la gente y siempre andaba escondida en la biblioteca, estudiando o refugiada en algún libro.
Allí fue cuando me di cuenta de su excepcional belleza: un día me vi obligado a entrar en la biblioteca para buscar un libro. Mientras buscaba entre los estantes, mi mirada tropezó con la suya. Ella apartó rápidamente la mirada, a la vez que sus mejillas se teñían del inconfundible color de aquel que siente vergüenza; pero a partir de ese momento no pude dejar de mirarla. Estudié sus gestos mientras leía, pausados y elegantes, acompañados de aquellas manos de pianista, de largos huesos. Y sus labios... los movía inconscientemente, leyendo las palabras del libro en silencio; y eso no hacía más que llamarme a besarlos. Y su mirada, profunda y cargada de una tristeza infinita. "La chica de los ojos más tristes del mundo", pensé. Y después, sin querer, y por capricho del destino y del amplio cuello del jersey; mostró su largo cuello y su hombro, decorado con un simpático lunar y sin dar muestras de que llevase nada más debajo, aparte del evidente sujetador, que se asomaba al exterior acariciando con su tirante la piel de ella. Ese momento pudo conmigo, y entonces empecé a desearla.

 

It.

By... Neus Mesis.