La Semana
Santa de Hellín es un misterio; escandaloso, acaso, pero un misterio
sensacional que prende el alma de propios y extraños y gana para la vida, todas
las vidas, la luz auténtica y difícil de¡ alegre amor para todo lo bueno,
para lo admirable y emotivo que, ahora, hace posible que reservas ingentes de
recuerdos vivos continúen aquella vieja tradición famosa. Sobre esta base, la
Semana Santa de Hellín vuelve a su cauce de siempre, y si es bueno que se
recorten un poco las hierbas exageradas que le restan brillo, no lo será tanto
que en su nuevo encauzamiento olvidemos la realidad peremne que de fama y
maravilla tiene eco nacional.
Ya es difícil que en este andar de mi pensamiento,
contenga el grato panorama tan vivido que me inunda, y aún más, los mil
detalles pequeños que matizan y emocionan estas víspera de nuestra indecible
Semana de Pasión.
Cuando yo era mozo pretencioso me reía, tontamente, de aquellos ilusionados
padres que salían al Rabal llevando, junto a ellos, a sus hijos pequeñines que
se esforzaban por tocar el tambor en bonitos tambores que apenas podían
sostener. Aquella santa ilusión de tantos padres, que entonces me movía a
risa, era de la misma buena ley que la que mi padre gozara con mis primeros
pasos de nazareno con tambor. Y este amor que tengo por mi Semana Santa, con sus
tambores, sus caramelos y sus procesiones, es, como la de todos los hellineros,
fruto de aquel gozoso placer tradicional que ahora ya maduro, devuelvo y mimo en
todos los niños que andan por las calles de mi pueblo y el Calvario tocando
tambores con fuerza y sin fatiga...
Cuando ya en las altas horas de la
noche sin par de nuestro Jueves Santo, las muchachas se retiran del Rabal hacia
sus casas, cuidan de buscar a cuantos
tamborileros conocen para dejarles un recado apremiante: ¡Que me llames!.Paradógico
encargo, pues que la noche de Jueves Santo es un eco constante, de atronadora
barahunda, que no permite el sueño... Y antes de que la aurora pinte carmines
en el amanecer, pálido de luna, bandadas de muchachos van llamando con
retumbantes redobles a las chicas amigas que descansan sin dormir. Luego, los
ojos en fondos de profundas ojeras, sin cansancios, serán una alegoría más
para la maravillosa fantasía de¡ Calvario. Los tambores traquetean como sangre
desbordada, el corazón de Hellín a todos, hombres y mujeres, nos pasma el
gozoso agobio con que el dichoso amanecer de¡ Viernes Santo de Hellín, siempre
fulgurante como recién lavado.