Los berridos
pronto son sustituidos por el ruido, más violento, del
entrechocar de las astas. Las peleas son
incruentas. Las cuernas golpean y se enredan entre sí,
sin llegar a herirse entre sí. Tan sólo se
limitan a mostrar su fuerza al contrincante, aunque, en
ocasiones, acaban exhaustos y, algunas veces, las menos,
se quedan enganchados y mueren por no poder separarse.
Entre mediados y últimos de septiembre, los ciervos
machos adultos se encuentran en su máximo esplendor.
Lucen sus cuernas altivos y orgullosos, a sabiendas de
que las hembras se hallan preparadas para concebir. Los
machos no sólo braman y pelean en los claveros; también
escarban y orinan sobre la tierra, formando un barrillo
en el que se revuelcan para delimitar su territorio.
Tras varios días de luchas agotadoras, los machos
ganadores cubren a las hembras de sus harenes. Después
de ocho meses de gestación, darán a luz, en el mes de
mayo, a una sola cría (raramente, dos) denominada jabato
o cervatillo, quién, nada más nacer, se pondrá en pie
con ciertas dificultades y comenzará a mamar. Los
cervatillos son miméticos y adoptan diversas posturas
con el objeto de pasar desapercibidos durante toda su
época infantil. Mamará durante unos cuatro meses y
permanecerá junto a la hembra hasta el siguiente parto.
Desde últimos de septiembre, los claveros de los
bosques se llenan con sonidos excitados. Se inicia la
berrea y los machos de ciervo elevan sus corvas, bramando
a los cuatro vientos. Luego, comenzarán las peleas por
hacerse con un harén de hembras a quien transmitir los
genes para generaciones venideras.
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