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TRADICIONES
Mientras en otras zonas de la meseta las tradiciones y
formas de vida se perdían o modificaban con el
desarrollo social y económico, en estas zonas montañosas
se mantenían remansadas durante algunos años más, lo
que permitió a jóvenes estudiosos e investigadores,
conocerlas y darlas a conocer; razón ésta por la que
hoy podemos hacernos una pequeña idea de cuáles eran
sus formas y modos tradicionales de vida. El territorio
donde se desenvolvía la vida de las “gentes montañesas”,
estaba dividido en dos claros conceptos: por un lado, la
propiedad particular de cada vecino y por el otro la común:
“concejo” o pueblo.
LAS TIERRAS
Las poblaciones se agrupaban ya desde los primeros
tiempos, en lugares y aldeas, con una división
tripartida de su territorio: el casco de la población,
en el centro, compuesto por las viviendas y los huertos
cercanos para el forraje (ferreñales); por otro lado,
las tierras de cultivo y los prados de posesión
individual o familiar; y en tercer lugar, las praderas,
dehesas y montes de común aprovechamiento. Esta división
era propia de cada pueblo y en no muy lejanos tiempos,
los montes y prados eran de la comunidad, pudiendo el
ganado apacentar en las tierras propias de cada vecino,
siempre y cuando se hubieran levantado antes las
cosechas.
Agrupaban sus ganados en rebaños, piaras y “veceras”,
ordenando su custodia y naciendo como consecuencia de
estas y otras normas, una participación directa del
pueblo en el diseño de una ordenación propia y
particular, que se extendió a todos los menesteres que
afectaban a la comunidad. Así fue cómo surgieron las
Ordenanzas Concejiles que, por varios siglos, rigieron
las formas y modos de vida de estas pequeñas comunidades
montañesas.
Ordenanzas de Concejo de San Salvador de
Cantamuda
El pastor de las ovejas
Podrá ordeñar en verano
A la hora de la siesta
Pero ha de ser moderado,
Ordeñando solamente
Cada día tres o cuatro
Y si así no lo cumpliera
Tendrá que ser sancionado
El que haga de tabernero
En esta villa y concejo,
Habrá de dar vino nuevo
Al igual precio que lo viejo.
Cualquier trabajo a realizar “para el bien común”,
se llevaba a cabo por “huebra”, prestación
comunal de servicio (arreglo de caminos, fuentes, tala de
montes, etc...), así como cualquier necesidad “técnica”
que se requiriese: contratación del herrero, molinero,
alimañero, pastor, médico o maestro, para cuyo pago se
requería la aportación comunal, y que se hacía a
cuenta de grano u otros frutos de la tierra.
El calendario más habitual para hacer alguna de estas
labores en muchos de estos pueblos era el siguiente:
-En marzo o abril, según viniese el año, se arreglaban
los caminos, en especial los que se aproximaban a las
tierras de labor y praderíos y que hubiesen resultado dañados
por los rigores del invierno.
-El día dos de mayo, se arreglaba el chozo de la cabaña,
para lo cual el Concejo aportaba una cántara de vino.
-En la época de “siega de prados”, si algún
vecino caía enfermo, el Concejo ordenaba a huebra y
recogía la hierba de las propiedades del enfermo.
-Asimismo, se segaban los prados destinados a la
manutención del “toro semental”, también
propiedad común del pueblo, para el cual ya existían
uno o más prados específicamente asignados.
-En el otoño, se adjudicaban las subastas de leñas (“suertes”)
de monte para cada vecino y se cortaba a huebra, la que
le correspondiese al pastor o vaquero.
-En el invierno, cuando la nieve cubría los accesos al
pueblo, se despejaban éstos por huebra, a golpe de pala,
a la cual se untaba antes con sebo de cabrito matado en
San Martín.
LA VIVIENDA
La vivienda tradicional de Fuentes Carrionas y Fuente
Cobre, es una construcción maciza, cubierta con teja árabe
(antes con paja de centeno), “tejados de colmos”
a dos y cuatro vertientes. Construida con muros de
mampuesto, mampostería, sillar o sillarejo, asentados
con mortero. Se refuerzan, sobre todo en los primeros
tipos, las esquinas, jambas y dinteles de puertas y
ventanas con fuertes sillares bien trabajados en caliza
de montaña. Es normalmente de dos plantas, estando la
inferior totalmente ocupada por la cuadra para albergar a
la “hacienda” o cabaña ganadera, que oscilaba
entre las seis y las doce vacas. Esta convivencia entre
animales y hombres es una de las características a
resaltar en la distribución interna de la vivienda montañesa,
ya que el cuidado del ganado era la base principal de su
subsistencia y además, al situar el hogar propiamente
dicho sobre la planta del establo, permitía aprovechar
las cualidades calefactoras que en pleno invierno
aportaba el ganado a la vivienda. Por todo ello, no era
extraño encontrarse que en el acceso de animales y
hombres se hiciera por el mismo postigo.
Con el tiempo, esto se fue evitando, dotándose de la
entrada de acceso a la vivienda de un porche o pequeño
zaguán, con una escalera que facilitaba el acceso a la
planta superior. Antes de subir a ella, diremos que en la
planta baja, aparte de la cuadra, existían dos o tres
dependencias más, destinadas a bodegas y almacén para
el depósito de productos del campo: maíz, patatas, algo
de grano y sobre todo vino, que se almacenaba en pequeñas
barricas, comprado por trueque en Tierra de Campos.
A la primera planta se accedía por una “pindia”
(empinada) escalera, que como ya decíamos, partía del
zaguán. La primera pieza que encontramos en la
distribución es el hogar o cocina, donde se acoge a la
“hornacha” u “hornicha”, chimenea de
fuego bajo, de no muy grandes dimensiones, que se “atiza”
con leñas duras (haya o roble) y que se asienta sobre el
“llar”, plancha de hierro o piedra sobre el que
se dispone el fuego en el cual se condimentaba la escasa
gastronomía montañesa. Muchas viviendas disponían de
hornera, edificada en la parte exterior de la fachada,
dispuesta sobre un pie derecho que la mantenía a la
altura del primer piso. No era de muy grandes dimensiones
pero estaba bien construida para poder cubrir las
necesidades propias de la unidad familiar en el consumo
del pan que se cocía para varios días. El resto de las
dependencias estaban ocupadas por una pequeña sala y
varias habitaciones y alcobas. En la parte más “arrecida”
por el frío norte, se disponía el pajar, que estaba en
comunicación con la cuadra, por una trampa que permitía
arrojar el heno dentro de la misma. A este pajar, no se
accedía desde la propia vivienda, sino más bien desde
el “bocarón” abierto en la fachada contraria.
Las aberturas en la fachada son mínimas, evitándose con
esto, la entrada de los fríos invernizos y los calores
del verano.
La vivienda está dotada de un corral, ya sea en la parte
delantera o trasera. Suele ser un recinto cerrado
construido por apilamiento de piedras irregulares y al
cual se accede por una portonera, que lleva sobre ella un
pequeño tejadillo a dos aguas para protegerla de las
inclemencias del tiempo.Dentro de este corral, destaca
sobre cualquier otra construcción, la sobera o tenada,
cobertizo apoyado en su parte abierta sobre postes de
madera y que servía para guardar el carro con todos sus
utensilios, así como los parcos útiles de labranza.
También se utilizaba de leñera y daba cabida a un pequeño
banco de trabajo, sobre el cual se realizaban las
reparaciones propias y necesarias de la vivienda. También
en este corral, tenían cabida las pilas del cerdo y
abrevadero, así como un pequeño gallinero y colmenar
realizado con “dujos” (troncos huecos de
roble). El suelo de muchos de estos corrales o cortes
estaban enlosados con grandes “lanchas” de
piedra entre las cuales discurría el “albañal”
para la eliminación de los residuos animales de la
cuadra.
AGRICULTURA Y GANADERIA
La cría de ganado y una incipiente agricultura, fueron
los medios de subsistencia básicos de la familia montañesa.
Los pequeños huertos, cerca de la casa o en los márgenes
de un arroyo cercano, surtían a una unidad familiar de
los alimentos primarios para su manutención. El resto de
los terrenos eran dedicados a praderas para surtir de
pasto a los ganados.
El preparado de los pastos se llevaba a cabo en el mes de
octubre, estercolándolos con el “horcón”,
para luego en primavera “avanzarlos”
(arrastrarlos) con unos espinos secos. Por San Pedro (mes
de junio), se segaba la hierba con el dalle y a los dos o
tres días se “limullaba” (daba vuelta) para
que orease. La hierba segada se transportaba en carros, a
los cuales se les ponía una armadura de madera para
poder transportar grandes cantidades de hierba hasta los
pajares, donde quedaba albergada durante el invierno para
servir de alimento a los ganados durante esta dura época
del año. Mientras la hierba estaba almacenada en el
pajar, se la “mesaba” con el “mesador”,
pequeña azuela de madera que servía para ahuecar la
paja, evitando su apelmazamiento y fermentación.
El carro fue, desde tiempos históricos, el vehículo de
tracción animal por excelencia de estas tierras. En épocas
más antiguas tiraban de ellos fuertes y rotundos bueyes
tudancos, pero posteriormente se adaptaron para este
menester las “vacas de labor” de la misma raza,
por lo que había que someter a estos animales a un
proceso de entrenamiento periódico, siendo la operación
más difícil de conseguir la de uncir al nuevo animal,
al atalaje del “yugo cornal”. Hasta tiempos
recientes, los carros usados en estas comarcas eran
totalmente de madera y cuando decimos totalmente nos
referimos al hecho de que no tenía ninguna pieza metálica,
ni para ensamblar ninguna de sus piezas, ni en la misma
llanta y ejes de sus ruedas, las cuales eran enteramente
de madera, conociéndoseles como carros de “ruedas
blancas” o “chirrionas”, debido al agudo
sonido que producía el rozamiento de sus ejes, que se
intentaba evitar “pringándoles” bien de sebo.
Como ya decíamos, completaba la producción forrajera,
un incipiente cultivo de cereales y leguminosas,
destacando entre ellos el centeno, avena, cebada, trigo
tardío (trigo rojo o mocho y tresmesino), etc.. Entre
las legumbres destacaban los titos, arbejas y garbanzos.
También se ampliaba la economía familiar con el cultivo
de pequeños y deslucidos patatares y linares para
posteriormente “hurdir” con este los paños.
Esta labor como otras (hilados de lanas, preparado de
matanzas y confecciones de quesos) eran misiones propias
de las mujeres, las cuales siempre llevaron la peor parte
en la distribución del trabajo familiar, ya que además
de ayudar en las labores agrícolas se ocupaban de sacar
adelante el núcleo familiar.
COMERCIO
Los contactos comerciales de los montañeses palentinos
con la meseta nunca tuvieron la fama que mantenían sus
vecinos los pasiegos. A comienzos del otoño, bajaban a
Campos con sus carros atestados de madera, aperos de
labranza, carretería, puertas y frutos secos, que ellos
mismo contruian y almacenaban durante los largos meses
del invierno, y que daban a cambio de granos de trigo y
vino.
Las ferias anuales o los días de “mercado”,
era otra de las formas de contacto, comercio y comunicación
entre comarcas limítrofes, llegándose a celebrar hasta
seis ferias anuales en algunas zonas montañesas. Por lo
general se celebraban en cabeceras de comarca, teniendo
unos días fijos en el calendario (San Salvador de
Cantamuda, Cervera de Pisuerga, Guardo). El motivo
principal de las mismas era la compra venta del ganado
vacuno, sin desechar el resto. Asimismo se comerciaba con
productos de la tierra de temporada o manufacturas y
artesanías de la zona. Al reclamo de estas ferias asistían
vendedores ambulantes, quincalleros, componedores y hasta
curanderos y cómicos de la legua, que hacían las
delicias de chicos y grandes.
TRASHUMANCIA
Otra fuente de riqueza, aunque también de comunicación,
era el contacto que se mantenía con los “meriteros”,
pastores trashumantes de origen extremeño, herederos de
los del Consejo de la Mesta, los cuales venían en el mes
de junio siguiendo los cordeles de la Cañada Real
Leonesa. Al mando de estas gentes extremeñas venía un
mayoral, y con él varios pastores, muchos de ellos
originarios de estas montañas, entre los cuales se
repartían los diferentes rebaños que alquilaban los
puertos a los concejos con los que se ajustaba a un
“tanto cabeza”, sirviendo estos beneficios de
ayuda a los pueblos para el pago de gastos comuneros y
contribuciones.
Durante la primavera, el pueblo al completo, tenía que
desplazarse en “huebra” a reparar los chozos
que utilizarían en el verano estos pastores, los cuales
en un principio consistían en un hoyo excavado en el
terreno, en forma de embudo, rodeado por un pequeño
parapeto de piedras que se cubría de escobas y retamas.
Los pastores trashumantes, durante los meses que pasaban
en estas tierras, trabajaban la madera, hacían
calcetines de lana, construían cencerros y trabajaban en
el cuero, así como tejían sogas con crines de caballerías.
Vendían estas manufacturas artesanales a los lugareños
de las aldeas cercanas o las cambiaban por víveres y
vituallas.
INDUMENTARIA
La indumentaria tradicional de esta tierra montañesa ha
mantenido una constante evolución, existiendo varias
trajes para las diferentes comarcas y usos montañeses,
pero destacaremos la indumentaria de la mujer montañesa:
“usaban en ocasiones
corpiño y basquiña negra
refajo de colorcilla,
blancas tócas y calcetas
con escarpines y albarcas
De ordinario montera,
Dengue, justillo, calzorras
Y una o dos sayas de mezcla.”
FIESTAS Y CELEBRACIONES
Como en otros territorios de la Comunidad, el calendario
festivo de estas zonas oscilaba entre la liturgia
cristiana y los rescoldos de los más viejos usos
paganos: Navidad-Reyes, San Antón, Marzas, Brígidas,
Carnaval-Cuaresma, Mayos, Rogativas, San Juan Rondas,
Cantos de trabajo y siega, Festividad de aldea,
Enhorabuenas-Bodas, Ánimas y Matanza.
En Fuentes Carrionas, lo normal es que hubiese dos días
de petición de los Reyes: el día de Año Nuevo, cuando
se pedían entre el vecindario del pueblo los aguinaldos,
y en la propia víspera de Reyes, que era cuando se
recorrían las casas “de los de justicia”, es
decir, alcalde, médico, sacerdote y secretario,
entonando las conocidas cancioncillas.
Y esta noche son los Reyes
segunda fiesta del año
donde damas y galanes
al Rey piden aguinaldo...
Las Marzas se celebraban la víspera del día del Ángel
(1 de Marzo) y con ellas se festejaba por parte de la
mocedad, la salida del invierno:
Si nos dan licencia
señor cantaremos
y con mucha prudencia
las marzas diremos...
Las Brígidas y los Carnavales seguían el el calendario
festivo. El resonar de cencerros colgados a la cintura de
los “zamarrones”, inundaba las aldeas de estos
lugares, animando a la mocedad para ir a “escurrir
antroído”:
Adiós martes de antroído
Adiós amigo mío
Hasta el Domingo de Pascua
Que no como más tocino...
Celebración de la festividad de los Mayos
Ya estáis en lo llano
Sentaros a descansar,
Que ya trajisteis el mayo
Para mañana pinar...
La fiesta del santo/a patrón del pueblo era la fiesta
por excelencia. Después de todos los actos litúrgicos
propios de un día como éste, se daba paso al “día
de la función”. Este se llevaba a cabo, como era lógico,
en la plaza del pueblo, pero como por lo general solía
ser insuficiente, se habilitaba para tal fin un prado
cercano al caserío, donde se desarrollaba uno de los
actos por los que más atracción han demostrado todos
los pueblos y culturas: el baile.
Dos eran las modalidades de baile que se llevaban a cabo:
“a lo ligero” y “a lo pesao”
A lo ligero madre,
Y a lo ligero
Al uso de mi tierra
Toco el pandero...
Estos bailes se acompañaban con tambor y pandereta,
siendo ésta tocada, por lo general, por las mujeres, que
ponían la voz a las canciones que se interpretaban, y
que solían ser pequeñas estrofas que hacían referencia
a temas amorosos o de la vida cotidiana.
Para visualizar fotos de utensilios utilizados en el campo con sus nombres y explicaciones, pincha aqui.
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